Referentes (muy) generales para ubicar el desarrollo del concepto de cultura en la antropología

El surgimiento del romanticismo alemán, en sus vertientes de corriente política y de método de conocimiento social (en cuya base está el relativismo cultural, principio de amplio desarrollo en la antropología), debe ser contextualizado con respecto a los efectos políticos de la revolución francesa, y a los efectos económicos e industriales de la revolución inglesa. Como ha señalado Isaiah Berlin (1983) en un texto notable, la fragmentación regional prácticamente feudal, la diversidad de lenguas populares, y la influencia política y cultural francesa sobre las élites regionales germanas, dieron como fruto ciertos desarrollos del calvinismo que propugnaban, por una parte, por el retraimiento personal y la relación directa con la divinidad; y por la otra, por la revaloración de lo “verdadero” en contraste con la cultura afrancesada de las élites. Es decir, se perfilaron hacia una revaloración de las prácticas y lenguajes populares entendidos como expresiones “auténticas”, expresiones del “espíritu” del pueblo.

Las posiciones anteriores, elaboradas de manera desigual por pensadores románticos (o anti ilustrados) como Fichte, Hamman y Herder, obtuvieron mayor fuerza al considerar ciertas perspectivas del idealismo kantiano: básicamente el problema epistemológico de la comprensión de los objetos a través de los sentidos, y del carácter radicalmente singular, o único, del objeto. En términos muy generales y burdos, esta posición kantiana desarrolla la idea de la posibilidad del conocimiento a través de las impresiones y, por tanto, de la realidad de los objetos como representaciones de la sensibilidad del observador. De tal suerte que el conocimiento se encuentra, de origen, impregnado de cierto relativismo que nos impide llegar a comprender la esencia misma de los objetos.     

Estas bases políticas y filosóficas, que destacaban la unidad psíquica y biológica del género humano pero su diversidad cultural, fueron el ámbito para la generación de diferentes posiciones o perspectivas en torno al conocimiento de lo social, desde la que destacaba la importancia del lenguaje (y aquí el referente es Wilhem von Humboldt), hasta le que avanzaba sobre el peso de la geografía y el ambiente en la determinación de la cultura (y aquí lo es A. Bastian). El personaje señero que retoma y trasciende estas posiciones es Franz Boas, físico, geógrafo y antropólogo de origen alemán afincado desde finales del siglo XIX en los E.U.

Boas avanza sobre el peso y la importancia de las elaboraciones culturales en oposición a los supuestos determinismos geográficos y raciales que –sobre todo estos últimos- se alimentaban de las visiones mecanicistas y racistas que F. Galton derivó del evolucionismo darwiniano en la búsqueda de un mejoramiento de la sociedad. Estas ideas desembocaban en nociones de supremacismo racial, y en justificaciones pretendidamente científicas del imperialismo europeo. 

Si bien el trabajo etnográfico de Boas apuraba a la recopilación de las expresiones culturales antes de que los grupos humanos que las produjeron dejaran de existir (una preocupación recurrente cuyos ecos podemos ver aún en los Tristes Trópicos de Levi- Strauss), la visión antropológica boasiana acusa varias posiciones notables por su perfil –si podemos llamarlo así- democrático. Está, desde luego, la concepción de que toda la humanidad comparte bases comunes, un elemento que actualmente parece obvio pero que en su momento fue punta de lanza contra el fascismo; que todas las culturas son igualmente valiosas en sus propios términos (y de ahí las luchas de Boas por generar representaciones museográficas respetuosas de la propia lógica de las culturas representadas); que la cultura debe ser vista no sólo como las expresiones y actividades físicas y mentales asociadas con la conducta, sino básicamente como el vínculo de esos elementos en términos de una estructura (cosa que también recuerdas al estructuralismo levistrossioano); y ya en términos de la personalidad de Boas, se debe destacar su notable perfil como formador de antropólogos. A esta escuela boasiana han sido asociados Eduard Sapir (también inmigrante alemán con desarrollos en lingüística y con discusiones muy interesantes sobre culturas “auténticas” y culturas “espurias”); Ralph Linton (que trabajó la relación entre cultura y personalidad); A. Kroeber (con estudios de avanzada sobre el parentesco y con una formulación muy discutida de la cultura como una formulación “superorgánica”); Zora Neale Hurston (dedicada al estudio de comunidades citadinas afroamericanas); Ruth Benedict (con propuestas sobre los estilos culturales y su coherencia), y Margaret Mead (con desarrollos muy amplios y debatidos sobre persona, cultura, y sexualidad). Debemos contar, también, a su alumno Manuel Gamio, notable indigenista con quien Boas mantuvo una nutrida correspondencia            
      
Es interesante el hecho de que toda la antropología cultural posterior a Boas y a sus discípulos tiene alguna deuda con aquellos pese a la ruptura que significó la redefinición de su concepto central en términos de entramados simbólicos y significaciones públicas, acuñado por Clifford Geertz a partir de la influencia teórica de Weber y Parsons. En específico dos notables antropólogos de Chicago, a su vez muy influyentes en el desarrollo de la teoría antropológica hasta hoy, están en cierta deuda con los boasianos: el mismo Geertz tiene a la cultura como objeto de indagación central, además de que fue convencido por M. Mead de ir a hacer trabajo de campo en Bali; por su parte, D. Schneider reconoció algunas posiciones relativistas –directamente boasianas- en su propio trabajo etnográfico y en sus presupuestos antropológicos sobre el parentesco. De ahí podemos derivar, con cierto fundamento, a otros autores y posiciones, por ejemplo a Sherry Ortner, cada vez  más interesada en la relación entre poder y cultura a través de sus indagaciones sobre género; a Charles Briggs, crítico lúcido de Boas e interesado en los efectos culturales de la globalización; a Ira Bashkow, quien en un texto notable revalúa el concepto boasiano de fronteras también en términos de los efectos de la globalización, etc. Están también, desde luego, las tendencias posmodernas que llevaron las posiciones geertzianas hasta sus últimas consecuencias (y en la antesala de estos enfoques extremos podríamos ubicar, entre muchos más, a Renato Rosaldo).

Texto citado:
Berlin, Isaiah. Contra la corriente. Ensayos sobre historias de las ideas. FCE, 1983.

Jorge Uzeta

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