lunes, 13 de julio de 2020

Anthropological Theory Commons

Un espacio de discusiones frescas sobre teoría en distintos espacios al rededor del mundo, impulsado por Anthropological Theory Journal.

What is ATC?

"ANTHROPOLOGICAL THEORY COMMONS (ATC) emerges from the need to bring the theoretical discussions developed in the Journal Anthropological Theory to a wider audience, global in its scope, diverse in its horizons.
 ATC aims to be a home for theoretical discussion –a place for long and short pieces and interviews, a space for shared topics- seeking participation in ongoing debates in significant areas of theory and its history; seeking new voices to forge new directions in the production of an Anthropological Theory from and for everybody.
In the context of a ‘toss and turn’ dynamic, ATC encourages discussions that give shape to an epistemological turn, one that seeks to understand, and improve, the conditions of anthropological knowing, so that what gets saved is robust theory or that which can be made more robust, and what gets tossed is theory that is either wrong or unknowable". 

Daniel Badenes: Filosofía y ciencias sociales para pensar la pandemia (y el después)

Filosofía y ciencias sociales para pensar la pandemia (y el después).
Texto de Daniel Badenes que ofrece una compilación  trabajos sobre Pandemia. 

Filosofía y ciencias sociales


Saludos

viernes, 3 de julio de 2020

Conversatorio 2: Estrada/Agudo/Escalona, Pandemia sin espárragos ni frutas - y con mosquitos


Conversatorio 2: Pandemia sin espárragos ni frutas - y con mosquitos
Marco Antonio Estrada Saavedra (COLMEX-México), Alejandro Agudo Sanchíz (UIA-México), José Luis Escalona Victoria (CIESAS-México). Julio, 2020

M ESTRADA: Agrego una idea que me provoca observar los efectos sociales de la pandemia. Por un lado, presenciamos cómo diferentes órdenes sociales (o sistemas sociales) encuentra dificultades para reproducirse (crisis), por lo que en él se ensayan formas (momentáneamente) alternativas de darle forma y sentido. No sé si esas formas nuevas prevalecerán (soy escéptico, en realidad), pero sí permiten ver procesos diferentes de articulación que demuestran la fuerte base de contingencia sobre la que estos órdenes se erigen. Lo anterior me lleva a pensar que lo que estamos presenciando en estos meses debería ser visto como un momento interesantísimo para los científicos sociales, que debería predisponernos a reevaluar o repensar nuestras teorías sociales. ¿Nos ayudan a entender lo que está pasando o son un obstáculo?

A AGUDO: Curiosamente, esta es la pregunta que los verdaderos científicos sociales siempre se plantean (o han de plantearse), para lo cual sigue siendo necesario lo mismo de siempre, con o sin coronavirus: salir ahí afuera y contrastar la evidencia empírica con lo que tenemos para ver si nos sirve o hay que modificarlo … la teoría siempre es producto de la práctica. Lo que es necesario es apartarse de las profecías (apocalípticas o redentoras) y de las cajas negras empíricas de los filósofos de moda y ver qué está ocurriendo en lugares y comunidades específicas antes de escalar la comparación a niveles superiores (en principio, entre lugares o situaciones similares) para arribar a conclusiones. Lo malo es que, como siempre, esto toma tiempo y sirve para explicar situaciones que muchos desdeñan como ex post facto, a menudo poco propicias para ofrecer soluciones universales o promesas de salvación. Por eso, siempre será más perentorio el anuncio de una “nueva vacuna contra el virus” o un anuncio de un proceso de “autoinmunización” (aunque no tenga suficiente base empírica) que una explicación crítica de los factores o componentes de los problemas y de la contribución de la “ciencia” a los mismos.

JL Escalona: La situación nos invita a repensar, claro. Sin embargo, el problema no está en la teoría misma, que por su forma está destinada a ser exactamente un instrumento para pensar (y no un sustituto). Se podría entonces tomar como un conjunto de marcos, herramientas, coordenadas que buscan ir más allá del pensamiento espontáneo para formular problemas de conocimiento y posibles respuestas. Por ello mismo exige, al mismo tiempo, localizarse en la complejidad y la intensidad de los acontecimientos y deslocalizarse para entenderlos incluso más allá de su propia localización. Eso es algo que justamente nos permite tomar distancia del pensamiento espontáneo (simplemente preguntándonos si lo que vemos como único en el acontecimiento humano no comparte elementos con otros acontecimientos en otros lugares y tiempos, o no comparte elementos con la experiencia humana en sí, más allá de su localización inmediata). Tampoco es que la situación sea más compleja hoy; ni siquiera sabemos si se ha transformado sustancialmente o representa sólo una distinta exposición o visualización de procesos que ya estaban presentes (como lo discutimos en el anterior conversatorio). Como crisis (en el sentido que plantea Marco) me parece que lo interesante de la pandemia y las respuestas a ella es que nos recuerda lo endeble que son tanto las teorías científicas como los constructos sociales que en otras circunstancias se nos presentan como instituciones y formas de entendimiento muy sólidas. Es decir, parafraseando a Berman y a Bauman (que parafrasean a Marx -usando una expresión posiblemente mal entendida y traducida según la biografía de Sperber) la pandemia tiene los mismos efectos que la historia social, la revolución y la modernidad: Todo lo sólido se desvanece en el aire. Lo curioso es que, a diferencia de esas otras licuefacciones sociales que movilizan cosas, personas, signos, ideas y todo lo que se ponga a su paso, ahora lo social (los constructos sociales que incluyen las abstracciones o teorías) se desvanece al inmovilizarse parcialmente, en unas esferas, para algunos, o al trasladar la movilidad a un espacio virtual (como estos conversatorios). Sí, el tema de la inmovilidad se velve central (ver sobre el tema el seminario organizado por Sandra Martínez en la Universidad del Valle, en Cali, Colombia: (In)movilidad en las Américas en tiempos de pandemia)

M ESTRADA: Quisiera enfocar nuestra discusión sobre los efectos del coronavirus en diferentes ámbitos de la sociedad al tema de la migración y, más específicamente, al de la migración forzada y el asilo político en Alemania.
En contra de toda prueba, en la opinión pública se habla –sobre todo en las primeras semanas tras la llegada de la pandemia a los diferentes países– de que el COVID 19 afectaba a la sociedad en su conjunto prácticamente de manera democrática. Este clisé es falso. Es cierto que todos estamos expuestos al contagio, pero las condiciones sociales, la información y los recursos con los que cuentan los distintos sectores de la población son muy diferentes y desiguales. La amenaza viral universal puede ser enfrentada, como hacen las clases altas, retirándose a la casa de campo, confinándose, como las clases medias, en la casa propia con jardín y ahorros en el banco o teniendo que salir a la calle a ganarse la vida y regresar por la noche al hacinamiento familiar, como en los sectores populares activos en la economía informal. La desigualdad social media nuestra experiencia y capacidad de respuesta al coronavirus.
En la rica Alemania la situación no es muy diferente a la descripción general que arriba apunté, salvo por el hecho de que aquí prácticamente no existe el sector informal y que la población en paro goza de seguro de desempleo y/o una renta mensual de apoyo social. Por supuesto, esta población tiene que vivir confinada en piso de pocos metros cuadrados, pero tiene acceso, en general, a servicios médicos. Todo ello sin mencionar que el Estado ha elaborado en las últimas semanas paquetes económicos y sociales de billones de euros para proteger economía, industria, empresas y empleo nacionales como respuesta para mitigar los efectos más destructivos y anómicos de la pandemia y el paro de las actividades económicas, sociales, educativas, etc., y poner al país y su economía en mejores condiciones de competitividad global una vez que se “normalice” la situación.
Sin embargo, hay un “sector” de la sociedad que experimenta la crisis de una manera distinta al resto y cuya situación dice mucho sobre cómo funciona la desigualdad, la discriminación y el racismo en el país. Me refiero al sector de los refugiados de guerra y los solicitantes de asilo. En primer lugar, la gran mayoría de ellos vive en albergues comunitarios de diferente tipo y con servicios y equipamiento distintos. Algunos alojan desde unas docenas hasta unos cuantos miles de “residentes”. No se tratan de “instituciones totales”, porque los refugiados y solicitantes pueden salir de los complejos, pero gran parte de su vida diaria, en especial la de los solicitantes de asilo, la realiza en estos complejos. Dependiendo del tipo y tamaño de asilo, los dormitorios, las cocinas, comedores, cafeterías, baños y duchas son colectivos. Lo que predomina es la falta de privacidad y la convivencia forzada. No hay, entonces, manera de aislarse. Así, a pesar de las advertencias de ONG de redistribuir a los residentes de manera descentralizada y con poblaciones menores en tamaño, para evitar contagios y que los albergues se volvieran focos de infección y trasmisión del coronavirus, la gran mayoría de las autoridades desestimaron las advertencias. “¿Para qué hacerlo si se trata sólo de extranjeros? ¿Para qué gastar más recursos en ellos? Además, en sus países están acostumbrados a vivir en grandes grupos”. Como era previsible, empezaron los contagios y en una medida alarmante. Y, como también era previsible, inició la retahíla de prejuicios para explicar el número “anómalo” de contagios en ciertos albergues del país: se trataría de una población sucia, que desconocería las medidas mínimas de higiene porque en sus países no existirían; una población sin el más mínimo de sentido de responsabilidad civil que no sabría cuidarse a sí misma cuidando a los otros, etc. Pocos se atreven a mirar las cosas de frente y reconocer que el contagio de coronavirus en este sector de la población es la consecuencia lógica de decisiones políticas y administrativas propias de la lógica del régimen de migración y del sistema de asilo que facilitan la difusión de la pandemia debido a la exclusión mediante concentración, la desigualdad social y la restricción de ejercicio de derechos civiles al trabajo, a la elección libre del lugar de residencia o la libertad de movimiento.
En fin, la medida que se ha tomado, casi a raja tabla, consiste en poner en cuarentena al conjunto de la población y/o aislar a los enfermos y casos positivos. Así, población sana y enferma conviven forzadamente y se les prohíbe salir de los albergues –a diferencia del semi confinamiento en el que se encuentra el resto de la población del país, que no ha sido extremo como en Italia, Francia o España. Aquí, podemos salir a hacer compras, pasear por un tiempo indefinido y por donde uno guste, hacer deporte al aire libre de manera individual, en grupos de dos personas o más si pertenecen a la misma unidad doméstica. Si alguien se contagia en un edificio habitacional de varios pisos, sólo la persona enferma queda en cuarentena (que no es necesariamente vigilada por la autoridad, aunque en principio podría hacerlo). Personal del sistema de salud y empleados públicos piden datos de las personas con las que tuvo contacto últimamente con el fin de reconstruir la posible cadena de contagios e informar a los posibles afectados. Las autoridades creen la palabra de la persona en cuestión. En cambio, a los refugiados y solicitantes de asilo no se les pregunta nada. Simplemente, se le impone una medida administrativa y sanitaria y se les coloca en cuarentena.
La situación de esta población vulnerable se agrava por el hecho de que la gran mayoría de la información oficial se publica en alemán (a veces también en un inglés o francés rudimentarios, y rara vez en árabe, farsi u otra lengua). Se enteran de que están en cuarentena, porque el personal de vigilancia les ha prohibido salir, de un día para otro, y no está muy dispuesto a dar explicaciones mayores (en parte, porque no hay una lengua franca gracias a la cual pueden entenderse). Un carro patrulla de la policía, postado a la salida de los albergues vigila que se cumpla con la regulación sanitaria. Es cierto, sin embargo, que ONG y grupos solidarios y de activistas procuran ofrecer información a refugiados y solicitantes de asilo. Para una población que ha huido de la guerra y ha pasado por experiencias traumáticas, dolorosas y violentas de migración (por ejemplo, en los infames campos de refugiados en Libia, en donde los migrantes son esclavizados, explotados laboral y económicamente, violados, vendidos o reclutados para milicias y grupos armados irregulares), el encierro y el ambiente de temor, incertidumbre y desinformación en el que viven los retraumatizan. Ya se han registrado algunos tumultos en diferentes albergues en el país.
Las teorías de la conspiración, de las que ya hemos hablado anteriormente, también juegan un papel significativo en la reproducción del virus del racismo, la xenofobia y la radicalización política. Estas “teorías” –sería mejor denominarlas “narrativas”, porque de teorías no tienen nada– son “instrumentos cognitivos” que se movilizan para dar una sensación de control y comprensión de una situación ambigua, amenazante y disruptiva. Su función consiste en hacer creer que se entiende qué está pasando, quién es el responsable y que uno puede hacer algo en contra de la situación y el responsable. El maridaje de prejuicios racistas y teorías de la conspiración crean un ambiente agresivo y xenófobo que tiene efectos discriminatorios y excluyentes. Nada más fácil afirmar que, porque el virus provino de fuera del país, los extranjeros, empezando con los asiáticos, serían los responsables de la situación. (Este prejuicio primitivo se traduce en insultos, escupitajos y golpizas en la calle a personas con apariencia “asiática”.) Para controlar la pandemia, se fabula, habría que encerrarlos o mantenerlos confinados, se debería cerrar las fronteras nacionales y, en el caso específicos de los refugiados, no habría que permitir su llegada a Alemania procedentes del inframundo de los albergues formales e informales en las islas griegas en el mar Egeo. En esos albergues, con capacidad oficial para 4 o 5 mil residentes, viven hacinadas 45 mil personas sin servicios mínimos –“el tercer mundo en las puertas de Europa”, se dice por aquí, aunque para ser más justo, ese “tercer mundo”, que no se ubica sólo en las regiones fronterizas de la EU, sino también en el corazón de muchos países, se asemeja al “tercer mundo” no sólo por las condiciones infrahumanas de alojamiento en que está esta población, sino, sobre todo, por la arbitrariedad de las decisiones políticas y la suspensión o dilación del Estado de derecho para proteger a esta población. Población de solicitantes de asilo que el absurdo sistema de asilo europeo (Acuerdo de Dublín) hace que se concentre en los países de la frontera sur de la EU y no pueda ser redistribuida, equitativa y solidariamente, entre los diferentes miembros de la Unión.
Para mostrar su rostro humanitario y comprometido con los valores fundacionales de la EU, ya en noviembre del año pasado Alemania quiso poner el ejemplo de traer al país a un contingente de la población más vulnerable de estos solicitantes de asilo, es decir, a menores de edad no acompañados, mujeres y personas enfermas. La acción no se llevó a cabo sino hasta mediados de abril y tras mucha presión de diferentes grupos de la sociedad civil. La razón del enorme retraso (siempre a costa de la salud y bienestar de estas personas), fue, simplemente, que Alemania no quería “abrir unilateralmente sus fronteras” con el fin de evitar que se repitieran las escenas de migración masiva del 2015. Así que esperó a que toda la Unión se declarara dispuesta a recibir a parte de esta población, pero nadie lo hizo, salvo Luxemburgo y únicamente en marzo. Posteriormente otros pocos países (“la coalición voluntaria”) hicieron los mismo. Magnánima, Alemania trajo, en abril, a unos 50 chicos. La acción fue celebrada con bombo y platillo, pero, soto voce, se lamentó de que su perfil “no era el deseado”: niñas, mujeres y enfermos de gravedad. En cambio, llegaron niños de entre 13 y 16 años, sencillamente porque, después de los varones jóvenes y adultos, son el sector de refugiados más importante por su número. Chicos de esa edad representarían, para las autoridades y un sector de la opinión pública, importar futuros criminales difíciles de integrar a la sociedad. De allí la desazón por los refugiados que realmente llegaron. Por cierto, otra de las causas del retraso del “rescate” de este grupo, es que no se quería tomar el riesgo de traer el coronavirus de los campos de refugiados insulares, por lo que al ministro del interior le pareció que era mejor esperar a ver cómo se desarrollaba la pandemia antes de tomar una acción que podría poner en peligro a la población alemana.
La situación de los solicitantes de asilo en las islas griegas puede parecer, en medio de la pandemia, una suerte de estado de excepción dentro del estado de excepción. La EU hace todo lo posible para hacer insoportable la vida de los pocos refugiados y migrantes que llegan a su frontera –en realidad, pocos en comparación con la gran mayoría que se queda en su país de origen o en el país vecino al suyo esperando retornar a su patria cuando las condiciones mejores. Recrear con saña las condiciones del “tercer mundo” en los albergues de Grecia, los Balcanes, Hungría, Turquía y diferentes países del Magreb con los que la EU tiene acuerdos de control migratorios y de repatriación a cambio de ayuda para el desarrollo, tiene el fin político de enviar a los migrantes la clarísima señal de que “nos los queremos aquí. Si acaso logran sobrevivir la travesía por el Mediterráneo, Frontex los capturará y los regresará a África; pero si acaso pisan el suelo europeo, vivirán en condiciones desastrosas, desesperando por un proceso de asilo kafkaesco y haremos todo lo posible para no permitirles avanzar hacia el norte. La migración ilegal no es una buena solución a sus problemas, esperen mejor la ayuda para el desarrollo que la EU tiene para sus países, porque es mejor combatir las causas de la migración en los países de origen que aquí, etc.”
Entre los refugiados y asilados de guerra reconocidos en Alemania, la pandemia ha desarticulado, como en el resto de la sociedad, su cotidianeidad. Una cotidianeidad que supone asistir a cursos de aprendizaje de alemán y de integración (civismo y cultura alemana). De tal suerte, el poquísimo contacto que tenían con alemanes en las escuelas de idiomas o en los espacios de grupos y colectivos solidarios con los refugiados y migrantes, se ha reducido a interacciones virtuales y muy esporádicas. Viven semi aislados en los albergues. Muchos de los que han iniciado cursos de profesionalización o los que ya cuentan con un trabajo formal se encontraran, seguramente, desempleados o sin poder continuar con su formación profesional debido a la suspensión de actividades productivas. Es muy probable que, cuando se reinicien las actividades económicas, los empleadores prefieran contratar a alemanes antes que a extranjeros. La situación de casi empleo total antes de marzo pasado no podrá ser recuperada con rapidez…  Retomo la mención de Alejandro sobre los “filósofos de moda” y la necesidad de salir al campo a ver lo que realmente está pasando. La pandemia y las medidas sanitarias para su combate movilizan, entre muchos académicos, de inmediato el horizonte de ideas de Giorgio Agamben. Esto no sucede sin razón, porque nos encontramos legalmente y de facto en un estado de excepción. Sin duda, esta noción resulta práctica para encuadrar el problema, pero los científicos sociales deben ir más allá de la reflexión filosófica. En efecto, hay un estado de excepción en la medida en que el ejercicio de derechos civiles y políticos básicos no pueden ser ejercidos temporalmente de la manera acostumbrada antes de la pandemia: no hay libertad de reunión, manifestación o movimiento, tampoco se puede ejercer plenamente el derecho a la educación, al trabajo, al comercio, a la libertad religiosa, etc. Pero ¿cómo se vive todo esto concretamente? ¿Acaso nos hemos convertido todos en “homines sacri”? ¿Es el estado de excepción que se vive en Italia equivalente al chino, húngaro o peruano? ¿No hay diferencias en la manera en que se despliega esta excepcionalidad si se trata de una democracia consolidada o un país en desarrollo con infraestructura médica insuficiente y precaria? ¿Será verdad que toda la población está sometida de la misma manera al derecho soberano sobre la vida y la muerte?
Éstas y otras preguntas deberían poner en guardia a los antropólogos y sociólogos frente a la seducción del gran discurso apocalíptico y metafísico de filósofos e intelectuales enamorados de discursos poderosos, pero poco complejos y sin verificación empírica. Pongo un par de ejemplos que observo aquí en Alemania para ilustrar lo que digo.
La primavera es la temporada de cosecha de espárragos, una suerte de fin oficial del largo y oscuro invierno. Los alemanes los consumen con gran placer en diferentes formas en los siguientes dos meses. El espárrago es, ahora bien, una planta difícil de cultivar y cosechar. En las últimas décadas, trabajadores agrícolas temporales provenientes de Polonia, Bulgaria, la República Checa y otros países del oriente de Europa, reciben permisos de trabajo para la cosecha, que los alemanes ya no quieren levantar por la dureza de la labor y los bajos salarios que se devengan en el sector y por esta actividad–bajos salarios que, no obstante, son atractivos para los trabajadores agrícolas extranjeros. Este año, la rutina de la temporada de cosecha ha sido distinta por el coronavirus. El cierre de fronteras nacionales –una probable violación al principio de fronteras intraeuropeas abiertas del Acuerdo de Schengen– impidió, en un primer momento, que llegaran a Alemania los cosechadores foráneos. Primer prejuicio: cerrando las fronteras, el virus no puede entrar al territorio nacional. Segundo prejuicio: el virus proviene de fuera –ese fuera puede ser China, Polonia o lo que convenga de acuerdo con la situación y el interés en juego. ¿Pero es que no vamos a disfrutar de los espárragos esta temporada, se preguntaban los alemanes consternados por la posibilidad de que una de sus costumbres culinarias más apreciadas no pudiera recrearse este año? La ministra de agricultura del país sugirió que estudiantes, desempleados y refugiados podrían sustituir a los trabajadores agrícolas extranjeros. Para no violar la ley de asilo, a los refugiados se les podría otorgar un permiso temporal de trabajo para salvar la temporada de espárragos. Se trataría, debería quedar claro, de una acción única que no generaba derechos posteriores (permanencia en el país, por ejemplo), ni mayores obligaciones de sus empleadores (pago de contribuciones al servicio social, por ejemplo).
La acción fue un fiasco debido a que la cosecha de espárragos es una labor dura de realizar, escarbando el suelo durante 10 horas al día, y que exige una técnica precisa y difícil de aprender, porque, de lo contrario, se rompe con facilidad el tallo del espárrago. Gran parte de los estudiantes y desempleados a causa del COVID 19 abortaron la labor después de dos o tres días de trabajo. Los cabilderos de granjeros y grandes productores agrícolas hicieron tanta presión al gobierno federal, que consiguieron que se abriera la frontera para los trabajadores agrícolas de Europa del este. Sin embargo, no llegaron suficientes cosechadores, porque temían infectarse en Alemania. En consecuencia, una parte importante de la cosecha se perdió –y el precio del producto aumentó. La otra parte de la cosecha la rescataron los esforzados rumanos y polacos, pero muchos de ellos a costa de su salud, pues se contagiaron del coronavirus debido a las condiciones de alojamiento colectivo en las que habitan obligatoriamente durante la temporada de cosecha. Los galerones en los que están hospedados carecen de medidas de higiene mínimas, dormitorios individuales y no cuentan con servicios médicos básicos; además, viven, con o sin pandemia de por medio, semi confinados y sin mayor contacto con la población local. Una vez que llegan a Alemania por avión, se dirigen directamente del aeropuerto a los campos de cultivos. Cuando termina la temporada, toman la ruta de regreso. Sus condiciones laborales a nadie le importan mientras que el precio de los espárragos en el supermercado sea bajo, el producto sea fresco y las condiciones de vida y trabajo no estén a la vista de la opinión pública, que sólo se ruboriza un par de días mientras que la noticia de cosechadores infectados se mantiene en las primeras páginas de los diarios y entre las notas principales de los telediarios. Después de todo, se trata de trabajadores extranjeros, que no están agremiados y no tienen manera de defender sus intereses en el país.
Aquí tenemos un ejemplo de cómo el estado de excepción por la emergencia sanitaria produce condiciones de (in)movilidad selectivas. Ya mencioné cómo un puñado de los refugiados en las islas griegas fue traído a Alemania tras presiones diferentes. Unas cinco decenas se beneficiaron de este gesto humanitario, mientras que más de 40 mil refugiados siguen viviendo en condiciones infames. Se alegó que había un problema de logística y organización casi infranqueables para llevar a cabo tal acción. Al mismo tiempo que se alegaba lo anterior y se festejaba la “señal” humanitaria que mandaba Alemania al resto de la EU, el gobierno de la canciller Merkel inició una operación de rescate de unos 220 mil turistas alemanes dispersos por todo el mundo que, con aviones de Lufthansa fletados, fueron transportados a casa para evitar que los conciudadanos pudieran encontrarse en una situación sin servicios médicos “adecuados” en caso de que la pandemia arrasara los países en los que se encontraban varados. En situaciones como estas, un pasaporte alemán y un gobierno preocupado por la seguridad de su población valen oro. Esta acción heroica no deja de provocar un desagradable picor moral cuando uno se percata que detrás de esa preocupación hay una escala muy clara de tasación de las vidas humanas. Unos humanos valen más que otros y tienen más derechos y posibilidad de hacerlos efectivos. Mientras que a unos se les transporta desde cualquier parte del mundo para ser rescatados, a otros se les obliga a mantenerse en su sitio.
Experimentar los efectos del estado de excepción en un Estado de derecho como Alemania conlleva ventajas relativas inclusive para población vulnerable como la de los refugiados en el país. Algunos de ellos -y aquí cuenta mucho también la desigualdad- han logrado que las autoridades administrativas locales los hospeden en lugares relativamente seguros de contagios, como hoteles o pensiones, que están desocupados desde hace meses por las prohibiciones de viaje y restricciones de movilidad imperantes. En efecto, estos refugiados, apoyados por grupos solidarios de la sociedad civil, fueron informados que, estando libres de infección de CIVID 19, podían interponer una queja ante tribunales para obligar a las autoridades competentes a transferirlos, en medidas de “descentralización”, a espacios en donde no corran el riesgo de contagiarse. Así, han podido dejar los albergues en cuarentena. Su exigencia se basa en que la constitución alemana garantiza la protección de la vida y salud de cualquier persona en su territorio, sea o no ciudadano alemán. Las medidas de cuarentana colectiva en los albergues de refugiados atentan contra la vida y salud de las personas, por lo tanto, se debe salvaguardar su derecho, afirman los jueces que han juzgado este tipo de casos, que, por cierto, no son muy representativos. Este hecho relativiza mucho el alcance de la sugerente idea del “homo sacer” y la lógica del estado de excepción de Agamben. Al menos, nos debería prevenir de seguir ciegamente la lógica de un argumento sin someterla a un examen empírico.
Tengo otro ejemplo sobre cómo las condiciones creadas por el combate a la pandemia tienen efectos importantes en las prácticas sociales, a saber: las protestas y movilizaciones sociales. En principio, la exigencia sanitaria de confinamiento y distanciamiento social impide una de las condiciones de posibilidad de la movilización y protesta públicas: la presencia masiva de cuerpos en el espacio público. Las formas de lidiar con y adaptarse a esta situación son diversas y, algunas de ellas, muy creativas. Hace un par de meses, activistas pro migrantes y refugiados en Lübeck, la ciudad en donde me encuentro, no querían que la opinión pública y el gobierno federal olvidaran la situación de los refugiados en las islas griegas y el compromiso de traer a algunos de ellos a Alemania, aprovechando las declaraciones de muchas comunas y ciudades del país de alojarlos e integrarlos. Así, pues, que organizaron una manifestación sui generis. Debo decir que las manifestaciones y mítines políticos deben contar siempre con la autorización de la autoridad para que se realicen con el fin de que la policía pueda garantizar el ejercicio libre de los derechos de toda persona que ocupe el espacio público: manifestantes, peatones, automovilistas, comerciantes, etc. El primer desafío fue conseguir la autorización. Para ello, se comprometieron a que sólo 50 personas asistirían a la manifestación y mitin, guardando su “sana distancia” y usando cubrebocas. Así, de dos en dos, realizaban un performance frente a la alcaldía de la ciudad, que era videograbado, hacían algunas pintas y, en seguida, desocupaban el lugar para que los otros manifestantes hicieran lo propio en diferentes puntos de la ciudad.
Como otra de las condiciones para el éxito de una manifestación no estaba dada por el confinamiento sanitarios, a saber: la presencia de espectadores y medios de comunicación. Los activistas subieron a la red y distribuyeron en las redes sociales los clips de la protesta. Algo similar hicieron los integrantes del movimiento ambientalista de jóvenes, “Fridays for future”, unas semanas después, en la capital del país y frente al parlamento. Sin presencia masiva, escenificaron un performance, pusieron una instalación político-artística frente al Bundestag y lograron que su manifestación, sin personas y cuerpos presentes, tuviera un fuerte impacto mediático.
También están las manifestaciones organizadas por ultranacionalistas y teóricos de la conspiración en contra de una supuesta “dictadura de los virólogos”, que conspirarían, con una poderosa élite financiera trasnacional (¡ay, el antisemitismo inerradicable!) para formar un estado totalitario global. Como el virus no existiría, entonces estos manifestantes se reúnen en las plazas públicas sin mascarillas, sana distancia o cualquier medida que evite la propagación de las infecciones. Detrás de esto último no se encuentra, únicamente, un desafío a las medidas sanitarias, sino la idea fascista de que sólo los débiles se enferman y mueren (una idea que contradice performativamente su afirmación de que no existiría el virus); y, en caso de que uno de estos neonazis muera a causa de Covid 19, su muerte es heroizada como una muerte en la lucha völkisch del pueblo alemán en contra de sus enemigos.
Finalmente, hay otras manifestaciones más recientes, por ejemplo las que están sucediendo actualmente a raíz del asesinato de George Floyd a manos de la policía, en las que resulta interesante su uso de las representaciones de la vida y la muerte. Por lo que se alcanza a ver en la tele, son manifestaciones masivas, en las que la mayoría utiliza cubrebocas, pero en las que es imposible practicar el principio sanitario del distanciamiento social. La gente que sale a la calle lo hace con conciencia de que asistir a una gran congregación humana muy probablemente pueda resultar en un contagio del coronavirus. Sin embargo, su indignación, hartazgo por tantas muertes de afroamericanos violentas e impunes, deseo de justicia y rechazo al centenario y profundo racismo norteamericano son tan poderosos que son capaces de poner en riesgo su propia vida para manifestarse a favor de algo que, en términos aristotélicos, pueden ser denominado “vida buena”. No se trata sólo de vivir, sino de vivir en una polis en las que impere la ley, igualdad, libertad, solidaridad.
Esta forma de protestar por una “vida buena” es la antípoda de la de los manifestantes norteamericanos que tomaron, hace unas semanas, el parlamento de un estado de los EEUU portando armas y vistiendo uniformes paramilitares. Su exigencia de levantar restricciones para poder trabajar y que cada quien viva su vida como mejor le parezca y tomando los riesgos que libremente elija, devela la idea de libertad y vida de un individualismo egoísta del tipo “sálvese el que pueda y con sus propios medios”. Detrás de esta exigencia hay una clara idea de comunidad política (una no comunidad) y de Estado (el menos interventormente posible en la vida de los ciudadanos).

A AGUDO: De acuerdo, antes que nada, con el argumento de que la crisis sanitaria pone de relieve las desigualdades y violencias de las sociedades contemporáneas, sobre lo cual mencioné algo con anterioridad. Luego está la cuestión de cómo la actual contingencia sanitaria provocada por el COVID-19 está incidiendo en los temas, lugares y sujetos de nuestras investigaciones. En el caso de mi trabajo actual, sobre la burocrática y violenta gestión de la migración y el asilo en la frontera México-Estados Unidos, encuentro situaciones agravadas, pero también paradojas y contradicciones análogas a las que encuentra Marco en el caso de la política del asilo en Alemania. Las nuevas reglas emitidas por el gobierno de Estados Unidos a partir del 21 de marzo de 2020, amparadas en el objetivo de frenar la expansión de la enfermedad, han permitido a los oficiales devolver a México a miles de migrantes sin necesidad de iniciar un proceso en sus centros de detención. Para el 9 de abril, la Customs and Border Protection había expulsado de esta forma a cerca de 10,000 personas, entre ellas casi 400 niños no acompañados por padres o tutores legales; alrededor de 120 de ellos fueron enviados rápidamente en aviones de regreso a Guatemala, Honduras y El Salvador, sin aclararse si el resto de los niños fueron devueltos a México o regresados a sus países de origen.[1] Pese al anuncio oficial de la deportación exclusiva de “indocumentados”, la directora del Programa de Protección a Refugiados de Human Rights First denunció que en Estados Unidos “están tratando igual a los solicitantes de asilo, con documentación que respalda sus circunstancias, que a los inmigrantes que cruzan ilegalmente la frontera, lo que viola la Convención sobre refugiados y el derecho a asilo”.[2]
Los albergues de Tijuana y otras ciudades fronterizas del norte de México, de por sí por encima de su capacidad desde el inicio de la implementación del esquema MPP (Migrant Protection Protocols, un esquema que obliga a personas de terceros países a esperar en México mientras se resuelven sus casos de asilo en Estados Unidos) se enfrentan ahora a una situación aun más incierta como consecuencia de estas medidas excepcionales. Observadores y representantes de organizaciones de derechos humanos acusan al gobierno de Estados Unidos de emplear las nuevas ordenanzas para combatir la pandemia como excusa para culminar su política anti-migratoria, la cual habría buscado poner en práctica desde el establecimiento del Programa MPP. En abril de 2020, El Colegio de la Frontera Norte de Tijuana publicó un informe sobre la situación de los migrantes en los albergues de las ciudades fronterizas, dando cuenta de la vulnerabilidad a que están expuestos como consecuencia de la combinación de la pandemia y la política estadounidense de cierre de fronteras (véanse Coubès, Velasco y Contreras, 2020).
No obstante, el coronavirus ha expuesto asimismo las costuras de la política migratoria de Estados Unidos, en cuyas abarrotadas prisiones para inmigrantes se multiplica el riesgo de contagio de la enfermedad. Mientras que la guardia fronteriza acelera la expulsión en caliente de personas retenidas en sus centros o interceptadas en la frontera, la administración del presidente Donald Trump blinda a los migrantes indocumentados en el campo, cuyo trabajo en la recogida de las cosechas es esencial para garantizar el abasto de fruta y verdura en los supermercados. Para ello, anunció que no se harían redadas para evitar que el temor de los jornaleros a buscar atención médica generase focos de contagio: “El coronavirus ha obligado a Trump a declarar de facto todos los hospitales santuarios”.[3] 

JL Escalona: Sólo quiero hacer notar que de algún modo vuelven a aparecer los temas de esa compleja trama o configuración de procesos que llamamos generalmente Estado, y que quizás todas esas historias de concretas de movilizaciones e inmovilizaciones, de valoraciones diferenciadas de la vida y la dignidad humanas, del derecho a la protesta, así como de distribución desigual del riesgo que todo eso acarrea, nos remiten a distintas concreciones o configuraciones de eso que llamamos (a veces de manera poco crítica) Estados (o formas fractales del mismo, por ejemplo, en instituciones internacionales cuyas recomendaciones tienen efectos en diversos Estados). También es cierto que lo que aparece no son procesos unívocos o lineales, sino concreciones complejas y muy diferenciadas de los procesos más generales. Es eso quizá lo que no nos permite usar las grandes narrativas filosóficas como explicaciones del todo. No obstante, siguen sirviendo para preguntar y para comparar.
Por último, me gustaría dar otros ejemplos de movilidades selectivas, en especial por la repetición que hemos vivido en Chiapas, México, de casos de movilización colectiva en contra de medidas sanitarias. Al parecer es a través de las redes sociales que se ha difundido la idea de que el coronavirus no existe, pero al mismo tiempo se acusa a las autoridades de salud y sanitarias de estar diseminando la enfermedad justamente a través de las estrategias de prevención de enfermedades (estrategias que, por cierto, han sido aplicadas por muchos años). Aparecen así ataques a clínicas, a brigadas de trabajadores que están haciendo fumigación para controlar la población de mosquitos (y con ello la propagación de enfermedades como dengue, chikungunya o zika) o de la mosca de la fruta. En muchas áreas del estado, este tipo de controles sanitarios son fundamentales para enfrentar la propagación de enfermedades y para prevenir daños en algunos productos agropecuarios. No obstante, las noticias falsas en las redes, y una larga y complicada historia de desconfianza en el gobierno y de mezclas abigarradas de entendimientos no biomédicos de la enfermedad, así como la lógica de la conspiración, parecen ganar la batalla. Es decir, acontecimientos cotidianos que antes eran casi invisibles, como la histórica circulación/movilización de plaguicidas (para tener trabajadores sanos y productos agropecuarios sanos que mandar a otros puntos del mercado) o de información falsa en redes sociales, adquieren en esta coyuntura otros significados; y esos nuevos significados levan a que las personas se movilicen y actúen, incluso con violencia. Seguramente una investigación más detallada de estos hechos (que se han repetido en diversos puntos del estado) llevaría a preguntas más generales sobre las relaciones entre instituciones de salud y las poblaciones, entre la medicina y las políticas sanitarias y otros saberes, y a la participación de ello en la producción de la política, la autoridad y el gobierno; también a una historia de relaciones entre los seres humanos y los mosquitos, moscas, larvas y los virus que portan, y de allí a la historia de la sanitización y el combate a las enfermedades en áreas tropicales, y su vínculo con la formación cotidiana del estado, de la ciencia, y de la política (ver “Can the Mosquito Speak?”, de Timothy Mitchell – en TIMOTHY MITCHELL 2002, Rule of Experts: Egypt, Techno-Politics,Modernity, University of California Press). Me parece de todas formas que una movilización crítica entre acontecimientos concretos, o lo empírico si prefieren esa categoría, y las metateorías sociales o filosóficas (otra forma de lo empírico en tanto está implicado en la producción, por ejemplo, de políticas de sanitización – o como dice Alejandro, nace de lo empírico) es lo que hace a la investigación algo más que una actividad para descubrir el hilo negro o para profetizar los tiempos venideros.   


miércoles, 24 de junio de 2020

Conversatorio 1: Agudo/Estrada/Escalona, Pandemia para pensar

Pandemia y civilización al desnudo: 9 contradicciones para pensar

Conversatorio de Alejandro Agudo Sanchíz (UIA-México), Marco Antonio Estrada Saavedra (COLMEX-México), José Luis Escalona Victoria (CIESAS-México); Junio, 2020

El coronavirus ha desnudado a la humanidad del siglo XXI descubriendo varias de las contradicciones que delinean en parte su devenir histórico contemporáneo, no de manera lineal o agonística como suele aparecer en varios de los diagnósticos que surgieron en esta coyuntura, sino en configuraciones múltiples y complejas. Este texto, escrito a seis manos, ofrece miradas a 9 de esas contradicciones (cuyo orden de presentación aquí no implica ninguna preeminencia).

Contradicción uno: Bienestar universal y selectivo
JL ESCALONA: Las ideas de bienestar y desarrollo de las décadas de la postguerra (precedidas por las de civilización y progreso de los siglos XIX y XX) han dado origen a muchas instituciones, desde casas de asistencia para grupos vulnerables, sociedades mutualistas, cajas de ahorro, hasta sistemas de protección laboral y de salud universales; esas instituciones han sido incluso una fuente de legitimidad de muchos gobiernos, fundaciones privadas y organismos internacionales. Sin embargo, a pesar de todos esos prolongados esfuerzos conscientemente construidos, cuyos efectos son detalladamente medidos y observados, la humanidad contemporánea (las múltiples generaciones que coexistimos en la pandemia) muestra la más profunda selectividad en lo que se refiere a la protección de derechos básicos, servicios elementales de educación, salud y bienestar, reflejada también en una vulnerabilidad altamente diferenciada en situaciones de riesgo.
M ESTRADA: Efectivamente. Estas ideas nunca lograron cumplir su promesa moderna de universalidad en la gran mayoría de los países. En sociedades desiguales (inclusive en las más avanzadas), esa desigualdad se refleja en el diferenciado acceso y beneficios de la traducción institucional del bienestar y el desarrollo. No obstante, ahora parece haber en la opinión pública, creo, una conciencia de la importancia de esas instituciones bienetaristas que fueron desmanteladas, subfinanciadas y extrenalizadas (outsourcing) para beneficio privado. Un resultado deseable de esta crisis pandémica sería que fueran recuperadas por el sector público y robustecidas, pero esto sólo podría suceder mediante luchas políticas en este sentido. Luchas que darán una forma de universalización parcial de tales beneficios y recursos provistos por las instituciones correspondientes. Universalización parcial, porque tras la crisis no desaparecerá la desigualdad. Al contrario, lo que se observa es que, con el desempleo masivo y la quiebra de empresas y negocios, la desigualdad aumentará en nuestras sociedades.
A AGUDO: A lo anterior yo añadiría que se están produciendo circunstancias que ya hemos visto muchas veces: los gobiernos están rescatando empresas fabricantes de automóviles y aerolíneas con dinero público – empresas e intereses “demasiado grandes para fallar”. Volveremos a oír discursos de que los ciudadanos leales y responsables han de “compartir el sacrificio” y aceptar austeridades por el bien de la “economía nacional”. En El Pueblo sin atributos (Malpaso, 2016), Wendy Brown habla de esta noción del sacrificio como una de las características de la actual racionalidad rectora del neoliberalismo – sacrificar todo por un poder supremo del que dependemos radicalmente pero que al mismo tiempo no nos debe nada …
JL ESCALONA: ¿Cuál es entonces la historia por venir de esa especie de illusio llamado bienestar (y todos sus fractales) junto con todo extenso campo global de fuerza -parafraseando a Bourdieu? (Meditaciones pascalianas, ANAGRAMA, 1999)


Contradicción 2: Equidad con desigualdad
JL ESCALONA: La promesa de una sociedad más igualitaria, crecientemente igualitaria, se confronta con la mayor inequidad social en la historia conocida del planeta, mostrando ya no una sociedad de clases en el sentido de inicios del siglo XX, sino una marcada por una hiper-división de grupos, con distinciones radicales en formas de vida (que son formas de trabajo y consumo), a pesar de la creciente y profunda interdependencia entre esas formas de vida.
M ESTRADA: A manera de hipótesis, quizás la creciente interdependencia sea posible por una base de desigualdad que haga funcionar la cooperación y los beneficios diferenciados de ella. No tendría mucho sentido para un empresario norteamericano mudar su producción a México si los bajos salarios, el control político de la mano de obra, las exenciones fiscales y la inexistente regulación efectiva en la protección del ambiente no hicieran de nuestro país un lugar atractivo para la inversión y producción con el fin de ganar ventajas en la competencia global. Y, sin embargo, las distinciones radicales en las formas de vida tienen un parámetro aspiracional común, aunque su realización local sea muy diferenciada: the american way of life, al que también se puede acceder, al menos simbólicamente, comprando mercancía pirata y creyendo en historias de éxito del self-made man.
A AGUDO: De hecho, lo que la interdependencia pone de manifiesto es la brutal desigualdad en que se basa. La administración estadounidense exigió hace poco, a través de su embajador en México, que se reiniciaran las labores en las maquiladoras del norte de México donde se ensamblan componentes imprescindibles para los productos que se comercializan en Estados Unidos. Es brutalmente irrelevante el que trabajadores que no ganan más de 8,000 pesos al mes se expongan al riesgo de contagio del coronavirus en esos hacinados espacios laborales. Pero los espacios y fronteras de la desigualdad son también, precisamente por ello, espacios de lucha: fueron los trabajadores de Ciudad Juárez (no el gobierno mexicano) quienes lograron parar las actividades de las maquiladoras, negándose a trabajar, plantándose frente a ellas y exigiendo ser enviados a casa con el 100% de su sueldo al inicio de la pandemia – para lo cual buscaron asesoría de abogados y activistas legales expertos en derecho laboral. Es también necesario ver la posible multiplicación de espacios de resistencia en el contexto de la pandemia.
JL ESCALONA: ¿Debemos entonces reensamblar los vínculos de interdependencia? ¿En qué sentido deberían moverse estas múltiples e intrincadas interconexiones entre diversas formas de vida/producción/consumo?

Contradicción tres: Trabajo para el bienestar y la explotación
JL ESCALONA: La idea del trabajo como la fuente de realización personal y social, base del bienestar propio y de la contribución individual a la sociedad, se ofrece igualmente como medida de la recompensa que las instituciones retribuyen o garantizan. No obstante, lo que va emergiendo a cada paso es una gran desigualdad en el disfrute de los beneficios del trabajo social acumulado, en las condiciones de vida de los trabajadores e incluso en la amplia exclusión del trabajo formal con todos sus derechos para la amplia mayoría de los trabajadores (o lumpen proletarios) del planeta. Sabemos eso, pero las respuestas institucionales a la pandemia hicieron emerger imágenes intrigantes de trabajos esenciales que son desarrollados por los trabajadores peor pagados, los menos protegidos socialmente, y en algunos casos los que están en una situación de ilegalidad.
M ESTRADA: Estoy totalmente de acuerdo.
JL ESCALONA: ¿Cómo tendríamos que reordenar el trabajo, la división del trabajo social, la cooperación y la redistribución de la riqueza social, para modificar estas tensiones?

La promesa de una ciudadanía democrática, que expresa sus opiniones en un espacio público abierto y sin cortapisas, en el que se discute el porvenir con una racionalidad discursiva (en el sentido de Habermas -Teoría de la acción comunicativa, Taurus, 1987 - o de Arendt – La condición humana, Paidós, 2016) se confronta con una multiplicidad de medios de comunicación masiva controlados, regulados y pagados, usados para producir y reproducir verdades a conveniencia, sobre pedido, que buscan ganancias inmediatas en los mercados políticos y económicos.
M ESTRADA: Igual de preocupante en esta erosión del “espacio público y la discusión pública” son los efectos corrosivos de las redes sociales en la confianza entre ciudadanos y la idea de “verdad”. Mientras que la castizamente denominada en los años ochenta “súper carretera de la información” se pensaba como la realización del proyecto ilustrado: comunicación democrática horizontal sin los controles autoritarios del Estado o los monopolios mediáticos, que fluiría libremente y se alimentaría de los mejores argumentos (Wikipedia) en la producción del conocimiento con fines emancipatorios de toda la humanidad (¡ay, otro sueño de los utópicos cibernéticos y posindustriales!). Hoy día, en cambio, estas redes son una fuente potentísima de desinformación (fake news), odio, fanatismo, banalidades e ignorancia al alcance de cualquiera. La misma tecnología puede servir para bajar los costos de la organización de una acción colectiva democrática de ciudadanos preocupados por el bien común o para intervenir y manipular la opinión pública y las elecciones nacionales (Trump, Brexit). En estas “redes asociales” también hay intereses políticos y económicos (por ejemplo, de la alt right y los demás extremistas de derecha).
A AGUDO: Bien, pero no olvidemos el caso que mencioné anteriormente, el ejemplo de controversia y debate público protagonizados por los trabajadores de las maquiladoras. Por otra parte, el comentario anterior de Marco también tiene relación con la prevalencia de las emociones y la irracionalidad. Las redes sociales multiplican las llamadas fake news en una era (ahora llamada de “posverdad”) en la que, como siempre, las emociones, las pasiones y las convicciones personales tienen mucho más peso que la “evidencia”, la “investigación”, los “hechos”, etc. Esto se multiplica ahora, pero siempre ha sido así. Por ejemplo, ¿por qué el concepto de “nación” y todo lo que lo acompaña (trapitos de colores o banderas, himnos, el terruño, la especificidad, la identidad, etc.) ha sido habitualmente un catalizador de la acción social y política más efectivo que el concepto de “clase”?  
JL ESCALONA: ¿Cómo rearmar el espacio público, como bien público, de manera que tenga un papel más significativo en la comunicación, la formación y la proyección de opiniones, saberes y razones más viva, y de más largo plazo?

Contradicción cinco: Control total y orden selectivo
JL ESCALONA: La idea de un control político o una gubernamentalidad total, con los estados como el actor central, se desdibuja en esta crisis a la luz de muchas formas de desobediencia, desautorización, ilegitimidad, cuestionamiento y franca rebeldía (incluso en esos sistemas políticos que parecen tan fuertes y tan legítimos como el de los Estados Unidos).
M ESTRADA: Efectivamente hay un cortocircuito en la tecnocrática ilusión de gubernamentalidad total, pues justamente falla la expectativa de control en un sentido doble: 1) en la capacidad de prevención de la pandemia y sus efectos (no se tenía contemplada su aparición), y 2) en la capacidad de dar una respuesta adecuada a sus efectos (confinamiento total (China, Italia, España), parcial (Alemania, México, EU), sectorial (escuelas, actividades no estratégicas), no confinamiento en absoluto (Suecia, Corea del Sur). Todas estas medidas se basan en parte en experiencias pasadas y en el método de ensayo y error sin ninguna certeza de que vayan a funcionar o cuánto tiempo puedan funcionar. Paradójicamente, a esta crisis temporal de la capacidad de reproducción de la gubernamentalidad se le responde con políticas y medidas no menos gubernamentales: (hetero y auto) control de cuerpos y espacio, restricción y/o suspensión de actividades y toda la parafernalia de distintas formas de estado de emergencia. Los expertos en televisión (López Gatell para nosotros) recrean, intencionalmente o no, la ilusión de control basado en conocimiento con el fin político (no decidido por ellos, sino por las autoridades políticas) de crear confianza en la población de ciudadanos televidentes de que se está haciendo algo efectivo para combatir con eficiencia la pandemia.
A AGUDO: De acuerdo con lo anterior … nunca hay que desaprovechar una buena crisis para refrendar representaciones de control y omisciencia, reinstaurando la idea cosificada de un “centro de operaciones” que se hace cargo (Estado). Añadámosle a ello el control y el cierre de fronteras (con la excusa de combatir la pandemia) y tendremos un reforzamiento de algunos de los aspectos clave del marco material y simbólico del Estado-nación. La idea del Estado queda asimismo reforzada por la inacción, estancamiento o incapacidad de las entidades supranacionales que se suponía que estaban socavando las soberanías nacionales: Unión Europea, OMS (cuestionada y sumida en una profunda crisis), etc.
M ESTRADA: Por otro lado, es cierto que hay muestras diversas de rebeldía (aquí en Alemania, las denominan “Hygienedemo”) manifestaciones en protesta por las medidas de confinamiento y en las que participan actores de todo el espectro político (desde neonazis y teóricos de la conspiración hasta izquierdistas radicales antiglobalización pasando por liberales de buena cepa en defensa de los derechos civiles y políticos básicos). No menos cierto y quizás más importante es el hecho de que las grandes mayorías de la población y la opinión pública están a favor de las fuertes medidas de confinamiento. Inclusive no verían con malos ojos que se endurecieran para superar la crisis y salvar más vidas. De hecho, puede haber cruces parciales de intereses y opiniones entre ciertos sectores entre los “rebeldes” y los “obedientes”, porque ambos “grupos” son heterogéneos internamente. Ni todos los rebeldes son opositores y negacionistas radicales, ni todos los obedientes son apoyadores incondicionales de las autoridades.
A AGUDO: De acuerdo, pero creo que aquí hay que ver caso por caso para explorar cómo la contingencia y sus medidas correspondientes toman forma social en determinados lugares y países según circunstancias específicas, nacionales o locales. Las respuestas a las medidas de emergencia y confinamiento varían según historias y contextos particulares. En ciertos países (por ejemplo, Chile), dichas medidas pueden ser un bálsamo para gobiernos acosados por una serie de manifestaciones de oposición crecientes, e incluso pueden ser una oportunidad para reforzar el control y la represión sobre la población bajo la excusa de combatir la pandemia – por consiguiente, dichas medidas serán resistidas por la población no por cuestiones de ignorancia o desconocimiento de procedimientos de salud pública, sino por razones que tienen que ver con una inconformidad de largo cuño con el gobierno. En otros casos, pueden ser los propios partidos de la oposición (¡e incluso gobernantes en el poder, como Trump!) quienes traten de capitalizar la oposición popular a las medidas de contingencia sanitaria, alentando incluso las manifestaciones de descontento (por ejemplo, Vox y el Partido Popular en España). El virus no conocerá fronteras, pero sus efectos son contextualmente específicos – por no hablar cómo tiende a afectar más a los más desfavorecidos o a poner de manifiesto la erosión de sistemas de salud pública tras décadas de culto a la privatización.  
JL ESCALONA: ¿Cómo entonces reusar y controlar socialmente las tecnologías de control ya existentes o las que están por ser producidas, desde las policías y el ejército, hasta los sistemas de vigilancia digital? ¿Cómo hacer para no dejar supeditada la fuerza de la sociedad (en sus diversas expresiones) a los vaivenes del interés inmediato y de beneficio personal o de grupo?

Contradicción seis: Más ciencia/tecnología, menos conocimiento útil
JL ESCALONA: La idea del control técnico del mundo y la creencia/confianza (ignorancia docta) en una ciencia vista como tecnología aplicada, que resuelve casi cualquier problema (menos la finitud de la vida, a la que sólo ha logrado retrasar, a veces incluso sobre cuerpos vegetativos inconscientes) se muestra útil, pero insuficiente y para algunos francamente decepcionante. En realidad, tendríamos que decir que lo que surge es una imagen de cómo es la ciencia: un espacio de conocimiento con múltiples incertidumbres y miles de preguntas sin resolver. El problema es lo que se espera de la ciencia y la tecnología, y la enorme historia de subordinación de las cuestiones de la ciencia a los financiamientos y decisiones de interés político/económico inmediato. (En México, por ejemplo, la ciencia está sometida a la tarea de tratar de resolver los problemas sociales más apremiantes, es decir, lo que muchas veces termina convirtiéndose en una contribución a la búsqueda de legitimidad del gobierno en turno).
M ESTRADA: Creo que esta caracterización de la ciencia como ciencia tecnológicamente aplicada con capacidad para resolver cualquier problema es, más que una concepción de la ciencia sobre sí misma, una representación de inexpertos (público en general, periodistas, artistas, religiosos, filósofos, políticos, en una palabra, no científicos). En todo caso, si en el sistema científico hay quien piensa la ciencia en esos términos, sólo se trata de un segmento de la comunidad científica (ingenieros, tecnólogos, etc.) y no de su conjunto. Los científicos sabemos muy bien qué falible, transitorio y problemático es la producción de cualquier conocimiento y cómo éste depende de las preguntas, métodos y técnicas de investigación utilizados. Otras preguntas y metodologías llevan a otros resultados diferentes, pero no necesariamente contradictorios o tampoco complementarios. Efectivamente, el conocimiento virológico y epidemiológico actual es actualmente “útil pero insuficiente”, pero no hay nada anómalo en ello para un científico. Esa utilidad insuficiente se vuelve un problema y una razón de desconfianza entre los neófitos porque creen, erróneamente, que la ciencia produce “verdades objetivas e incuestionables”. La cuestión sería explicar de dónde provienen estas representaciones superficiales de la ciencia (sistema educativo, medios de comunicación, etc.). Por lo demás, ya es en sí abusivo hablar de “la ciencia”, cuando en realidad deberíamos utilizar el plural para referirnos a esa selva de disciplinas y subdisciplinas que conforman lo que denominamos cómodamente como sistema científico.
A AGUDO: De acuerdo con el comentario anterior de Marco, pero una terrible duda: ¿no habría que hacer un poco de autocrítica para ver qué hay – o hubo –en la propia ciencia y en su autorepresentación ante los legos que difundió entre estos la idea de que la ciencia “lo resuelve todo y crea verdades incuestionables”? Me parece que es más bien la autocrítica (donde la haya) y, sobre todo, la crítica de los filósofos de la ciencia y de generaciones posteriores de especialistas la que no ha llegado al público, a pesar de iniciarse hace más de cien años. Las sofisticadas argumentaciones deconstructivas, desde Popper a Latour, no se han filtrado al público (de nuevo, en las ciencias sociales y humanas escribimos para una minoría, por lo que no es sorprendente que las ideas populares sobre la ciencia, mantenidas por políticos y ciertos científicos, sigan en su lugar).   
JL ESCALONA: ¿Necesitamos reordenar las relaciones de la ciencia con los otros campos del pensamiento y la actividad, y establecer vínculos más comunicativos que técnicos? ¿Cómo rehacer esa comunicación?

Contradicción siete: Globalización intensa y jerarquización profunda  
JL ESCALONA: La idea de una globalización generalizada está también revelándose como un proceso de diversas intensidades y velocidades, que más que homogenizar ordena jerarquías y procesos desiguales de conexión y desconexión.
M ESTRADA: a) De acuerdo, pero esto no lo reveló la pandemia, sino ya lo sabíamos y lo hemos vivido en nuestras modernidades periféricas. Lo que llama la atención es la afirmación, desde la derecha hasta la izquierda extremas, del “fin de la globalización”. Es una expectativa fútil. Al menos en términos económicos, las grandes cadenas de producción y servicios no dejarán de ser globales. A caso, se diversificarán para que una falla (producto de una pandemia) no las desarticule tan fácilmente, como está sucediendo actualmente: no toda la producción de equipo de protección médica (batas, mascarillas, guantes, etc.) o de fármacos debería provenir de un solo sitio (China o India), se pueden tener plantas secundarias también en Ucrania, Ecuador o Mozambique, etc.).
Por lo demás, ¿de qué globalización estamos hablando? ¿La económica, la cultural, la mediática, la deportiva, la científica, la política, etc.?
La pandemia misma es, paradójicamente, un producto y tiene un efecto globalizante: es mundial y nos hace contemporáneos a todos, pero, justo por las desigualdades entre nuestras sociedades y al interior de ellas, experimentamos esa globalización (en este caso, pandémica) “en diversas intensidades y velocidades”.
A AGUDO: ¿Realmente tiene la “globalización” una lógica global, o es más bien un proceso intensamente interpersonal cuya construcción y variaciones pueden ser observadas en ámbitos locales, mediante eventos y relaciones particulares?  
JL ESCALONA: ¿Cuál es el futuro inmediato de esas globalizaciones múltiples y no necesariamente interconectadas, con sus variaciones en intensidad y velocidad en cada particularidad del globo?

Contradicción ocho: razón y conspiración
JL ESCALONA: La idea de una triunfante lógica (científica, filosófica, técnica) muestra tanto sus extremos de sofisticación en unos lugares (laboratorios y equipos) como su casi ausencia entre públicos en los que prevalecen sobre todo formas rituales, mágicas, religiosas, o en sofisticadas teorías de conspiración, medios largamente usados para enfrentar las incertidumbres.
M ESTRADA: De acuerdo. Sólo agregaría que esas formas rituales y mágicas no son patrimonio exclusivo del “mundo subdesarrollado”. En las sociedades postindutrializadas ese pensamiento mágico toma la forma del new age, el espiritualismo orientalista de bolsillo, las teorías de la conspiración y toda expresión de irracionalismo. Por lo demás, no veo nada sofisticado en las teorías de la conspiración. Son de una simpleza apabullante. Justamente funcionan por su simpleza.
A AGUDO: “Nunca hemos sido modernos”, reza el título de un trabajo de Latour … pues eso.
JL ESCALONA: Sin más comentarios. Quizás debo repensar esta cuestión, puesto que quizás no es un problema de contradicción entre ciencia y magia (en tanto la ciencia puede funcionar como una nueva magia en la vida cotidiana). Quizás es más un corolario de las contradicciones cuatro (Ampliación del espacio público e instauración de fronteras y esferas control y privilegio) y seis (Más ciencia/tecnología, menos conocimiento útil).

Contradicción nueve: Humanidad como excepcionalidad y objeto de la naturaleza
JL ESCALONA: La confianza muy clara de nuestra excepcionalidad en el conjunto de la naturaleza, incluso en nuestra superioridad y control sobre ella (enfatizada sobre todo desde la ilustración, y cuestionada por varios analistas en las ciencias sociales, como Latour) se enfrenta con nuestra fragilidad como seres profundamente naturales, reducidos a depósitos de material para la reproducción de un ser invisible, incompleto y que reta la misma idea de lo que es un “ser vivo”.

jueves, 16 de abril de 2020

Paula López Caballero en Hispanic American Historical Review


El volumen 100 de la revista Hispanic American Historical Review publica un interesante artículo de Paula López Caballero (CEIICH UNAM):

Abstract

This article proposes an archaeology of the anthropological research undertaken by Susan Drucker in Jamiltepec, Oaxaca, in the late 1950s. I contrast the book that stemmed from this research with her undergraduate thesis and, above all, her field diaries to document the existence of two distinct sets of social nomenclature in Mexico: a local one rooted in Jamiltepec and characterized by a plurality of elusive classifications, and a national one founded on a basic distinction between the categories indigenous and mestizo. I argue that the transition between the local and the national one can be characterized as a domestication of social taxonomies, a process that reduced the multiplicity of identification positions circulating locally to the indigenous/mestizo binary and that above all did away with the mobile, unstable quality of those local identification positions in order to frame them as ontological categories. I thus demonstrate that the ideology of mestizaje, rather than operating on societies that were homogenously indigenous, intervened, in multidirectional ways, into complex local hierarchies.

Hispanic American Historical Review

jueves, 26 de marzo de 2020

Miradas de una humanidad en medio de la pandemia 2020

En estos días aciagos, una pandemia se desplaza lentamente por todos los continentes generando enfermos, muertes, emergencias técnico/gubernamentales, masas humanas en estrés, caídas sin precedentes de los indicadores económicos de crecimiento más importantes, y también preocupaciones y debates intelectuales. Varias opiniones están siendo publicadas sobre la marcha, desde el encierro, con los efectos de la epidamia in crescendo. Esas publicaciones nos ofrecen diversas miradas del momento, de sus posibles antecedentes y consecuencias, y también sobre la condición humana en dimensiónes más amplias, más allá de esta coyuntura. Leerlas es una forma de seguir el pulso de esta humanidad, de lo que va dejando este impase que todavía no acaba, que no sabemos ni a dónde nos dirigirá, ni cuándo terminará, ni cuando se repetirá. Aquí podrán ligarse a algunas de estas opiniones:


Ignacio Ramonet: La pandemia y el sistema-mundo 
En otras palabras, esta pandemia es la catástrofe más previsible en la historia de Estados Unidos. Obviamente mucho más que Pearl Harbor, el asesinato de Kennedy o el 11 de septiembre. Las advertencias sobre el ataque inminente de un nuevo coronavirus eran sobradas y notorias. No se necesitaban investigaciones de ningún servicio ultrasecreto de inteligencia para saber lo que se avecinaba. Se sabía… Lo sabían… El desastre pudo ser evitado…
Ignacio Ramonet

Arundhati Roy: La pandemia es un portal
¿Qué es esto que nos ha pasado? Es un virus, sí. En y por sí mismo no tiene ningún resumen moral. Pero definitivamente es más que un virus. Algunos creen que es la forma en que dios nos llega a nuestros sentidos. Otros dicen que es una conspiración china para dominar el mundo. Sea lo que sea, el coronavirus ha arrodillado al poderoso y ha detenido el mundo como nada más pudo hacerlo. Nuestras mentes todavía están corriendo de un lado a otro, anhelando un retorno a la «normalidad», tratando de unir nuestro futuro a nuestro pasado y negándose a reconocer la ruptura. Pero la ruptura existe. Y en medio de esta terrible desesperación, nos ofrece la oportunidad de repensar la máquina del fin del mundo que hemos construido para nosotros mismos. Nada podría ser peor que volver a la normalidad.
Arundhati Roy


Cristina Rivera Garza: Del verbo tocar: Las manos de la pandemia y las preguntas inescapables
Como una gran imagen de rayos X, la desaceleración que ha traído la pandemia deja ver, o incluso agranda, lo que ha estado ahí: un sistema económico guiado por la ganancia a expensas de todo lo demás, y un Estado sin entrañas, es decir, un Estado para el que los cuerpos no son materia de cuidado sino de mera extracción. Lo peor que nos podría pasar, argumentaba convincentemente Arundhati Roy, es regresar a esa normalidad salvaje. Y yo añado: a ese mundo inmisericorde que, preso del hechizo malvado de la incorporeidad, es incapaz de reconocer los lazos de reciprocidad que nos unen a los otros y a la tierra.
Cristina Rivera Garza


Jérôme Baschet: Covid-19: el siglo XXI empieza ahora
El virus vino a jalar el freno de emergencia y a parar el tren enloquecido de una civilización corriendo hacia la destrucción masiva de la vida. ¿Dejaremos que vuelva a arrancar? Eso sería la garantía de más cataclismos al lado de los cuales lo que estamos viviendo actualmente parecerá, a posteriori, un acontecimiento de moderada amplitud.
Jérôme Baschet

Simon Mair: What will the world be like after coronavirus? Four possible futures
From an economic perspective, there are four possible futures: a descent into barbarism, a robust state capitalism, a radical state socialism, and a transformation into a big society built on mutual aid. Versions of all of these futures are perfectly possible, if not equally desirable.
Simon Mair

David Harvey: Anti-Capitalist Politics in the Time of Coronavirus.
"Pero las economías capitalistas contemporáneas son setenta o incluso ochenta por ciento impulsadas por el consumismo. La confianza y el sentimiento del consumidor en los últimos cuarenta años se han convertido en la clave para la movilización de una demanda efectiva y el capital se ha vuelto cada vez más impulsado por la demanda y las necesidades. Esta fuente de energía económica no ha estado sujeta a fluctuaciones salvajes (con algunas excepciones, como la erupción volcánica islandesa que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas). Pero el COVID-19 está apuntalando no una fluctuación salvaje, sino un desplome omnipotente en el corazón de la forma de consumismo que domina en los países más ricos. La forma espiral de acumulación de capital sin fin se está derrumbando hacia adentro de una parte del mundo a todas. Lo único que puede salvarlo es un consumismo masivo fundado e inspirado por el gobierno y conjurado de la nada. Esto requerirá socializar toda la economía en los Estados Unidos, por ejemplo, sin llamarlo socialismo".
"Las fuerzas laborales en la mayoría de las partes del mundo han sido socializadas durante mucho tiempo para comportarse como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos o a Dios si algo sale mal, pero nunca atreverse a sugerir que el capitalismo podría ser el problema). Pero incluso los buenos sujetos neoliberales pueden ver que hay algo mal con la forma en que se responde a esta pandemia".
David Harvey (English)
David Harvey (Español)

Paul B. Preciado: Aprendiendo del virus
Si volvemos a pensar la historia de algunas de las epidemias mundiales de los cinco últimos siglos bajo el prisma que nos ofrecen Michel Foucault, Roberto Espósito y Emily Martin es posible elaborar una hipótesis que podría tomar la forma de una ecuación: dime cómo tu comunidad construye su soberanía política y te diré qué formas tomarán tus epidemias y cómo las afrontarás.
Paul B. Preciado


Abril Saldaña y Ariadna Acevedo: El pánico del papel higiénico
La gente compra papel del baño porque está asustada de su animalidad, lo que en el fondo implica asumir, que efectivamente, nos vamos a morir. La experiencia de una pandemia como esta no tiene precedentes recientes, aterra sentirse animal y por lo tanto mortal. Mary Douglas, en su obra  ‘Pureza y Peligro’ define la suciedad como ‘materia fuera de lugar’, como algo que reta todas nuestras clasificaciones, el orden que le damos a las cosas y por lo tanto la estabilidad de la que tanto dependemos.  Lo que vivimos es justo eso, un evento en donde todo parece estar fuera de lugar y eso provoca o alimenta la ansiedad social por clasificar, por ordenar, por evitar la suciedad, el  ‘contagio’ y por lo tanto la incertidumbre. Limpiamos entonces lo que tenemos al alcance, aquello que amenaza con despojarnos de nuestra humanidad. Las personas comprando papel higiénico son simplemente personas asustadas.
Abril Saldaña y Ariadna Acevedo

Horacio Shawn-Pérez: ¿Qué está diciendo la antropología sobre el coronavirus?
"¿Una pandemia viral que en poco más de treinta días luego de su aparición se esparció a escala global y trastocó las prácticas cotidianas de buena parte de las sociedades de todo el planeta con resultados todavía inciertos? Algo así. La antropología tendrá mucho para decir al respecto. Toca muchos de sus intereses, acaso casi todos, desde las prácticas religiosas hasta la política del cuerpo, desde la organización simbólica de la vida social hasta la transformación de las relaciones de familias y clanes. Así que, ¿qué se está diciendo, hasta ahora, en el campo de la antropología?"
Shawn-Pérez


Naief Yehya: La epidemia de la soledad digital
"Resulta una ironía gigantesca que una pandemia sin precedente en el mundo moderno aparezca en una época de nacionalismos enfebrecidos, de America First y de regímenes xenófobos que de pronto descubren que no hay supervivencia en el aislamiento y dependen de otras naciones para su salvación. Asimismo, décadas de neoliberalismo, de recortes a programas sociales y de embates en contra de los servicios de salud públicos demuestran que han dañado de manera devastadora los sistemas y el potencial de respuesta de los estados. El desprecio de Trump y sus aliados a la OMS y otras organizaciones internacionales de las que depende la recuperación del mundo ahora muestra sus consecuencias. La lógica misma de los mercados es un obstáculo para la supervivencia y debe ser contrarrestada con acciones tajantes, como impedir que se lucre con insumos necesarios para tratamiento y salvaguarda de la población".
Naief Yehya

Slavoj Žižek: El Coronavirus es un golpe a lo Kill Bill al sistema capitalista
“Mi modesta opinión sobre la realidad es mucho más radical: la epidemia de coronavirus es una forma especial de ‘Técnica del corazón explosivo’ en el sistema global capitalista, un síntoma de que no podemos seguir en el camino que hemos seguido hasta ahora, se necesita ese cambio”
Slavoj Žižek
Slavoj Žižek (English)

Bruno Latour: Is This a Dress Rehearsal?
"The situation is tragically reversed in ecological change: this time, the pathogen whose terrible virulence has changed the living conditions of all the inhabitants of the planet is not the virus at all, it is humanity! But this does not apply to all humans, just those who make war on us without declaring war on us. For this war, the national state is as ill-prepared, as badly calibrated, as badly designed as possible because the battle fronts are multiple and cross each one of us. It is in this sense that the “general mobilization” against the virus does not prove in any way that we will be ready for the next one. It is not only the military that is always one war behind".
Bruno Latour

Byung-Chul Han: La emergencia viral y el mundo de mañana 
"Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas".
Byung-Chul Han


GARCÍA CANCLINI: LA DICTADURA SANITARIA POR EL CORONAVIRUS Y LA VIGILANCIA CORPORATIVA GENERALIZADA

La desciudadanización - o sea, la pérdida de derechos de los ciudadanos- viene ocurriendo desde que la videopolítica trasladó la formación de la opinión pública de las plazas y las calles a las pantallas. La ampliación del espacio social y las interacciones en Internet redistribuyeron el micrófono en las redes y nos volvieron a todos vulnerables: nuestros comportamientos son grabados y combinados en algoritmos de lo íntimo (opiniones, gastos, temperatura, formas de atendernos o rebelarnos). Todo esto se acentuó en la pandemia, pero con un reordenamiento sorprendente en las interacciones entre Estados, empresas y ciudadanos. Entre instituciones y aplicaciones.
Nestor García Canclini

Alain Badiou: Sobre la situación epidémica
"Aquí estamos tocando una gran contradicción en el mundo contemporáneo: la economía, incluido el proceso de producción en masa de objetos manufacturados, es parte del mercado mundial. Sabemos que la simple fabricación de un teléfono móvil moviliza el trabajo y los recursos, incluida la minería, en al menos siete estados diferentes. Pero, por otro lado, los poderes políticos siguen siendo esencialmente nacionales. Y la rivalidad de los imperialismos, antiguos (Europa y EE. UU.) Y nuevos (China, Japón …) prohíbe cualquier proceso de un estado capitalista mundial. La epidemia también es un momento en que esta contradicción entre economía y política es obvia. Incluso los países europeos no pueden ajustar sus políticas contra el virus a tiempo".
Alain Badiou

Nigel Manchini: Pandemia y filosofía
"Desde la periferia sudamericana del mundo globalizado, la situación no parece ameritar más optimismo que el necesario para no entregarse a la pasividad. Distintos tipos de violencia se muestran a la vuelta de la esquina y muchos aparecen desprotegidos. Y mientras tanto, la situación sanitaria imposibilita los medios habituales de manifestación popular. ¿Seremos capaces de controlar el crecimiento del virus? ¿Nuestro Estado no cometerá excesos represivos ni abandonará a nadie? ¿Descubriremos otros mecanismos de solidaridad y protesta? Cuando todo esto pase, ¿vamos a seguir permitiendo que todo sea como antes?"
Nigel Manchini

Giorgio Agamben: La invención de una epidemia
"La desproporción frente a lo que según la CNR es una gripe normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, es sorprendente. Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites".
Giorgio Agamben

“Coronavirus Capitalism”: Naomi Klein’s Case for Transformative Change Amid Coronavirus Pandemic
"It’s called the Green New Deal. Instead of rescuing the dirty industries of the last century, we should be boosting the clean ones that will lead us into safety in the coming century. If there is one thing history teaches us, it’s that moments of shock are profoundly volatile. We either lose a whole lot of ground, get fleeced by elites and pay the price for decades, or we win progressive victories that seemed impossible just a few weeks earlier. This is no time to lose our nerve. The future will be determined by whoever is willing to fight harder for the ideas they have lying around".
Naomi Klein

Judith Butler
“La desigualdad social y económica se asegurará de que el virus discrimine. El virus por sí mismo no discrimina, pero nosotros humanos seguramente lo haremos, formados y animados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia, y el capitalismo“
Judith Butler 

Adia Benton: Race, epidemics, and the viral economy of health expertise
Outbreak narratives are not simply narratives with no bearing or consequence on the world. Who survives, and how the disease spreads, both affect and are affected by their persistence.
Adia Benton

Yuval Noah Harari: the world after coronavirus
In this time of crisis, we face two particularly important choices. The first is between totalitarian surveillance and citizen empowerment. The second is between nationalist isolation and global solidarity. 
Yuval Noah Harari

CLACSO: Observatorio social del coronavirus
El conocimiento científico es hoy, más que nunca, una fuente de información indispensable para analizar los efectos sociales y advertir sobre las nuevas formas de desigualdad que pueden derivar de la encrucijada a la que nos enfrenta la pandemia COVID-19.
CLACSO autores varios


La modernidad está acabada. Entrevista con Bruno Latour
Europa es mi hogar. No se trata de descubrir un nuevo mundo, como los españoles hicisteis en América, sino de encontrar tierra bajo nuestros pies. Y eso es lo que están haciendo los ecologistas y los millones de jóvenes que practican una nueva forma de vida, de alimentación, de comportamiento: un reasentamiento. Porque la modernidad está acabada y lo único que quieren los políticos es devolvernos al pasado.


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También van columnas de editoriales

Politico Magazine: Coronavirus Will Change the World Permanently. Here’s How
"A crisis on this scale can reorder society in dramatic ways, for better or worse. Here are 34 big thinkers’ predictions for what’s to come".
Politico Magazine

Sitio Web Chuang: Contagio social: guerra de clases microbiológica en China
"[...] el brote presenta dos oportunidades para la reflexión. En primer lugar, se trata de una apertura instructiva en la que podríamos examinar cuestiones sustanciales sobre la forma en que la producción capitalista se relaciona con el mundo no-humano a un nivel más fundamental: en resumen, el «mundo natural», incluidos sus sustratos microbiológicos, no puede entenderse sin referencia a la forma en que la sociedad organiza la producción (porque, de hecho, ambos no están separados). Al mismo tiempo, esto es un recordatorio de que el único comunismo que vale la pena nombrar es el que incluye el potencial de un naturalismo plenamente politizado. En segundo lugar, también podemos utilizar este momento de aislamiento para nuestro propio tipo de reflexión sobre el estado actual de la sociedad china. Algunas cosas sólo se aclaran cuando todo se detiene de forma inesperada, y una desaceleración de este tipo no puede evitar hacer visibles tensiones previamente ocultas. 
Chuang


Continuará ... 

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Un espacio de discusiones frescas sobre teoría en distintos espacios al rededor del mundo, impulsado por Anthropological Theory Journal. ...