Lo malo de las ironías (respuesta al etnoargumento, por Jorge Uzeta)

Resulta muy interesante la crítica que Escalona hace con respecto a la manera en que algunos colegas se ocupan de las continuidades culturales y tratan de explicar el cambio. Para identificar el asunto acuña el término del “etnoargumento”, entendido como un formato o dispositivo analítico y explicativo aplicado a aquellas cuestiones. En el término se entiende la ironía: se trata de una posición académica (“una de las más importantes corrientes de la disciplina”, dice él) que ha devenido en cliché y que, como tal, produce imágenes elementales de la realidad entrampando la discusión antropológica.


En efecto, la forma en que se ha utilizado la propuesta de Bonfil, ejemplo obvio y núcleo duro del “etnoargumento” -para sumar mi ironía a la suya-, ha sido abusiva y acrítica. A partir de ella se han generando posiciones más bien políticas  que supeditan por completo la perspectiva académica, evitando la molestia de considerar seriamente la información que se sale del formato revelando la complejidad de las interacciones y de las transformaciones en las poblaciones indígenas contemporáneas. Así, el “etnoargumento” llega a funcionar como un punto de partida claramente ideologizado que genera un tipo de investigación antropológica que comprueba lo que ya se sabía de todas maneras y desde antes: que las culturas indígenas son particulares, son autorreferenciales y se reproducen como tales.

Sin embargo, con todo lo clarificadoras que puedan ser, las ironías suelen compartir con su objeto de crítica un mismo punto débil: pasan por alto los matices. Es por esto que creo necesario señalar puntualmente un par de mis diferencias con Escalona pensando que quizá resulten útiles para el debate.

Aquí está mi primera deslinde. No sólo algo parecido a lo que sucede con el “etnoargumento” sucedió en décadas pasadas con otros conceptos (piénsese en trabajo, clase, hegemonía), que eran punto de partida, de llegada y universos por si mismos; sino que también y más importante, no todos los trabajos que tienen alguna relación con aquellos del “etnoargumento” resultan ser reductibles a ese “formato”. Varias etnografías serias y detalladas que identifican vínculos históricos entre prácticas actuales y otras tantas prehispánicas, o que aducen que las cosas se reproducen “en el cambio y como cambio” –para citar a un clásico-, están más interesadas en, digamos, analizar el surgimiento de élites en contextos electorales, problematizar la creación discursiva y cultural de ciudadanías, o identificar el uso de historias locales como forma de plusvalor en mercancías que circulan mundialmente, que en la supuesta constatación de profundidades étnicas. Aquí, como en cualquier asunto social, los matices no sólo son importantes, son determinantes. De manera que lo que Escalona identifica como una aceptación a propósito de la incorporación de cambios sobre un patrón cultural prácticamente inalterable –“se acepta la mezcla y el sincretismo sobre una base de…”- en casos específicos (noten que va subrayado) es más bien una perspectiva antropológica que sirve para trascender el formato que él critica.

Mi deslinde es más notorio cuando, pensando en el “formato del etnoargumento”, Escalona (nos) adjudica a los antropólogos un papel muy destacado como creadores de significados. Sobredimensionar el papel de los investigadores y de la disciplina no me parece buena idea, tampoco su propuesta de que “el tema de investigación realmente relevante, para una antropología emergente” (subrayado añadido) sea realizar una “antropología de los antropólogos”. Abordar a los investigadores sociales como creadores de significados y como actores políticos no sólo sugiere que, después de todo, los indígenas no son tan notables en esos aspectos (a menos, desde luego, que  sean ellos mismos antropólogos), sino que las iglesias, las instituciones del estado y las asociaciones civiles con todos sus programas y sus discursos comunalistas, evangélicos, cooperativistas, solidarios, agraristas, liberales, indigenistas, proteccionistas, liberacionistas, privatizadores y populistas –entre otros-, han ido un poco a la saga de los antropólogos como los formidables creadores de “cierta… imagen del mundo social, utilizando el formato del etnoargumento”. Con ser necesaria, una antropología de los investigadores sociales es tan solo una de las múltiples tareas de las que deberíamos ocuparnos. A mi entender otra principal, pero nunca única, es etnografiar, analizar y discutir un movimiento indígena complejo y sumamente contradictorio, que está sucediendo prácticamente frente a nuestra mirada, que utiliza políticamente recursos culturales, que los pone en juego, y que en no pocas ocasiones está muy lejos de nuestras inclinaciones ideológicas y políticas personales. 

Jorge Uzeta.

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