Respuestas por una antropología del poder 02 (o Lenguajes de poder como objeto etnográfico)

La idea de los lenguajes de poder surgió de una confrontación, del tipo de confrontaciones que se tienen en el campo académico. Se trataba de una lucha conceptual, de las que a veces llevan cargas “políticas” específicas (desde campos en los que se exige un posicionamiento unívoco) y en ocasiones también “éticas” y “estéticas” (es decir, sobre la manera de decir las cosas: por ejemplo, el disgusto por la “descalificación” de los otros, como decía un dictamen que recién recibí de un artículo que estoy por publicar). Es en una "lucha conceptual", digamos así, en la que me he colocado al argumentar en favor de una Antropología del Poder y del estudio de los Lenguajes de Poder (un posicionamiento que Martin me pide explicar con más detalle al hacer su crítica de mi conceptualización de los Lenguajes de poder). Empezaré a responder analizando el origen de mi inconformidad en el debate académico.

Fue una inconformidad por al menos con dos razones que ahora puedo identificar: la primera es por la visión estática y en ocasiones esencialista que se generaba con nociones como cultura, cosmovisión, identidad, lengua, en el uso que de ellas hacían múltiples estudios antropológicos en Chiapas. La segunda inconformidad era con las formas implícitas de entender el objeto mismo de la disciplina: la cultura en todas sus variantes. Me parecía también limitante. No fue al inicio, sino en el mismo camino de investigación etnográfica (otra palabra de cargas muy antiguas) que debí confrontar estas inconformidades y donde surgió la idea de convertirlas en una terminología más útil, que encontré en un primer planteamiento de lo que llamo la antropología y la etnografía del poder, y de algunos de sus objetos, en especial los Lenguajes de Poder.
Por lenguajes de poder trataba de identificar algo más dúctil que las ideas de cosmovisión o sistema cultura, pero que al mismo tiempo no dejaban de tener un sentido de material común de comunicación y de comportamiento en una sociedad dada (producido, como dice Durkheim para ciertas categorías sociales, como parte de un largo proceso de cooperación social de largo plazo: ver "Las formas elementales de la vida religiosa"). Es decir, y según mi interpretación de Saussure, Lenguaje es un término que refiere a la suma de la Lengua como sistema de comunicación en sí mismo (independiente de quienes lo usan) y de Habla (el uso específico que de la lengua hacen los emisores y receptores). La idea es que se trata de uno de los materiales básicos de la acción humana, y al mismo tiempo de su uso específico. Lo que encontramos en campo, de manera privilegiada, es el uso específico de la lengua, es decir, el Lenguaje (con sus dos cargas). Es pues una metáfora poderosa para escapar a la perspectiva de un individualismo metodológico que parte de individuos casi socialmente informes (es decir, donde los constreñimientos sociales no tienen relevancia) y de las visiones cargadas de sistematicidad y estructura (como en el caso de algunas visiones de Cultura). Sin embargo, a diferencia de la lingüística (y del análisis estructuralista al modo de Levi-Strauss o de la interpretación de las culturas que lleva a Sistemas simbólicos en Geertz) mi propósito es orientarme más hacia el uso, es decir, hacia la producción pragmática de sentidos y significados en contextos sociales específicos. Paralelamente, y dado que las relaciones de poder eran el objeto central del análisis, el estudio se centró en los Lenguajes de Poder, es decir, los usos específicos de la lengua que se daban en contextos de relaciones de poder (definidas en este momento, de manera mínima, como a) interacciones socialmente condicionadas y b) al mismo tiempo pragmáticas e interesadas, c) mediadas por diferencias en la capacidad de producir, reproducir, o transformar sociedad y d) en permanente disputa –dejemos esto del poder para otras entradas del blog).
De esta manera, el Lenguaje específico en cada momento del trabajo etnográfico representaba una forma de acción social que surgía de la configuración de las relaciones de poder, que implicaba el manejo concreto, interesado, pragmático (como Habla), de las diversas Lenguas disponibles (Lengua en su sentido directo, pero también símbolos rituales, sociales, por ejemplo). Desde esta perspectiva, incluso una narración de lo que significa una peregrinación, una reunión para pedir novia, o un mitin en una plaza pública, tiene estas múltiples cargas. significativas Esto llevó además a poner atención en la manipulación de los símbolos, de las lenguas, y a la generación de cosas como la broma, la ironía, la metáfora. El lenguaje de poder es entonces la manera en que las personas que participan de una serie de relaciones de poder hablan del mismo, ya sea de manera directa o eufemística, con algo que parece desde algunas perspectivas más claro y consciente y desde otras más obscuro e indirecto (las narraciones sobre brujería, por ejemplo). Es lenguaje en el sentido de que emplea una serie de categorías y clasificaciones prexistentes contenidas en la Lengua y en la historia del uso de esa Lengua (como en las metáforas de Padre o Hermano Mayor y sus usos como categoría, para identificar y clasificar a ciertas posiciones de autoridad) y también es habla porque produce, al reproducirlos, sentidos previamente elaborados para dar sentido a la acción presente (por ejemplo, un sentido jerárquico del mundo, al invocar la fuerza de las metáforas y metonimias del uso de la palabra Padre o Hermano Mayor). Y, finalmente, ese sentido producido puede tener éxito, pues tiene el peso mismo de los sentidos previos; pero los receptores pueden cuestionarlo, relaborarlo, burlarse de la mala interpretación que se hace en el presente de esos sentidos previos, o incluso retarlo (como cuando el Padre es cuestionado porque su autoridad es ilegítima, como en casos de violencia doméstica o de alcoholismo que llevan a la destrucción de la economía familiar). Estas formas de invocar los sentidos y las palabras pre-construidas en narraciones, conversaciones, despliegues rituales, rezos, cantos, pueden asumir diversas formas concretas: desde simplemente una afirmación en una conversación, un chisme, un chiste, hasta más elaborados discursos o narrativas sobre el sentido no sólo de las cosas más inmediatas sino del mundo en su conjunto. Es de alguna manera lo que la antropología ha estudiado, con mucho éxito en diversos lugares, y por lo cual conocemos tanto sobre la producción de discursos en sitios como Chiapas; sin embargo, es lo mismo que la propia antropología ha reducido, replegado, en un sitio (casi sagrado) específico llamado La Cultura. La idea es sacarlo de ese museo sagrado y ponerlo en donde de por sí ha estado siempre, en la acción misma, en la explicación de las cosas y en la búsqueda de influir en los otros, como cuando un líder de una organización campesina dice que está allí porque “lo soñé”, o cuando la virgen de Guadalupe se “aparece” en alguna rebelión, con nuevos atuendos y nuevos discursos. Al mismo tiempo, en esa acción pragmática actual el material se transforma, se multiplica en sentidos y se extiende, acompañando a diversas estrategias de acción social de poder, como la organización en uniones de crédito, en partidos, en iglesias o en guerrillas. Paralelamente, al hacerlo está en contacto con muchos otros Lenguajes (como el lenguaje de la política, con sus categorías de Ciudadano, Estado, Democracia, etc.), o con el Lenguaje de la medicina (y sus nociones de Bacteria, Virus, Órganos, etc.) y genera nuevos términos, como cuando un intelectual y burócrata indígena, originario de Chenalhó, un pueblo tzotzil, explicó en un discurso el significado de Ch’ulel –que se ha traducido como “alma” en muchos textos antropológicos: Ch’ulel, decía, es como la “Consciencia”. Finalmente, por ser parte activa de la producción de sentidos y por ello de la producción de acción y de relaciones, los Lenguajes de poder son parte también de la relaboración del mundo social y son, como este mundo, contingentes, inestables, sujetos a contradicciones e interpretaciones múltiples 

En síntesis, los Lenguajes de Poder son a) sentidos (relacionados a veces con lo que otros llaman “emociones”, como el respeto, por ejemplo), categorías (como Abuelo, Brujo, Maestro) y clasificaciones (como lo femenino y lo masculino, mayor menor) con muchas cargas de significación y uso pre-construidas; b) pero refieren esencialmente a su uso presente en la producción de sentidos emergentes; c) y son, todavía más específicamente, los sentidos o entendimientos en competencia que se producen en campos de lucha por la producción de la sociedad, es decir, de acción y de relaciones. A todo este proceso es al que llamo Poducción Simbólica. Es decir, los Lenguajes de Poder los entiendo como las maneras en que las personas en situaciones concretas utilizan o manipulan los elementos lingüísticos (simbólicos en un sentido más amplio) prexistentes y disponibles para tratar de crear e imponer sentidos y entendimientos emergentes a la acción, y dado que la porducción simbólica está mediada por el poder lo que se genera es lucha por los entendimientos y, por tanto, los sentidos emergentes no son unívocos, ni únicos, ni fijos, y contienen siempre contradicciones.
Eso además implicaba “englobar” (como acusa Larsson) en Lenguajes muchos aspectos que aunque no son verbalizaciones implican comunicación de mensajes, lo que derivó en uno de los problemas conceptuales actuales. Es decir, podríamos empezar a diseccionar o a descomponer distintos elementos contenidos en lenguajes de poder: sentidos, entendimientos, categorías, clasificaciones y símbolos, implícitos en rituales, lenguaje no verbal, discursos públicos, textos, charlas, chistes, bromas. Además, eso implica definir el universo mismo de los Lenguajes de Poder y su distinción de las Relaciones de Poder mismas. Esto será motivo de otra entrada del blog.
Saludos

José Luis Escalona Victoria

Comentarios

Martin Larsson ha dicho que…
(primer parte)
Primero que nada quiero aclarar que las diferencias que he señalado con el trabajo de José Luis, se hace por las similitudes del planteamiento. Los lenguajes de poder ofrecen, sin duda, una manera teóricamente muy poderosa de acercarse a lo que ocurre en momentos específicos.

Lo que a mí me ha interesado es entender cómo utilizar esta herramienta en la práctica, pero también cómo conceptualizar diferentes aspectos del concepto. Tal vez en el camino ya no hablo de lenguajes de poder como lo pensaba José Luis, pero es parte de la interpretación y el uso. Por mi cuenta estoy convencido de que hablamos de lo mismo.

Me parece muy interesante la propuesta de disecar los diferentes componentes de los lenguajes de poder, como propone José Luis. Pero lo que a mí me ha interesado hacer es más bien nombrar diferentes partes de la economía de los “lenguajes” (yo he preferido usar “discursos”, con lo que incluyo también, y en primer lugar, objetos y espacios - y su ubicación en el espacio y en relación con personas - además de actos y palabras, a lo que podríamos agregar más cosas).

Tenemos entonces los “lenguajes” por un lado, que serían lo que yo llamo “discursos”, sus “enunciados” y su “información”, si he entendido bien. Para entender la formación discursiva he propuesto hablar de una “economía del poder”, que en primer lugar divide y valora discursos en diferentes espacios. Entonces, un cierto “lenguaje” sería el resultado de estas divisiones y valoraciones, que al mismo tiempo crea la economía del poder. No se trata de una cosa que causa otra. Se trata todavía de un “todo”, pero estamos viendo diferentes “niveles” o aspectos de lo mismo. Quiero entonces ligar la economía del poder con un interés por la formación discursiva en un conjunto de relaciones específicas (y en relaciones individuales específicas).

Yo he propuesto también otra división, retomando los juegos de lenguaje de Wittgenstein. Los juegos de lenguaje, como yo los entiendo, se centran en las reglas del juego. Dentro de estas reglas, pero también cuestionándolas y moviéndolas, podríamos hablar de un campo de fuerza. Prefiero hacer esta separación, que no siguen los conceptos estríctamente de Wittgenstein y Bourdieu, para tener un aparato que me parece más claro para nombrar las partes del todo. Esta disputa se lleva a cabo a través de discursos (o “mensajes”)

Otro aspecto, que José Luis expone, y que me parece útil nombrar, es la diferencia entre forma y apertura. La forma, de acuerdo con Eco es cómo un mensaje cierra sus posibles lecturas. Pero por más que se cierran, siempre existe una apertura del mensaje, posibles lecturas dentro de los marcos. Ahora, se pueden observar usos que deliberadamente se encuentran fuera de los marcos, lo que tiene un interés estudiar dentro de las relaciones en la economía del poder; en mi tesis estoy viendo justamente este tipo de teorías que se disputan para definir un objeto, un mensaje, donde los involucrados que he analizado se mueven fuera de las posibles lecturas de los mensajes (o donde sus mensajes no tienen referentes, lo que es equivalente). Si queremos explicar algo, sin embargo, la idea de forma y apertura nos ayudan a juzgar interpretaciones hechas, y a ofrecer explicaciones más coherentes, dentro de la forma (creada por nosotros mismo como marco teórico).

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