Réplica de Martin Larsson 1

Primero que nada quiero aclarar que las diferencias que he señalado con el trabajo de José Luis, se hace por las similitudes del planteamiento. Los lenguajes de poder ofrecen, sin duda, una manera teóricamente muy poderosa de acercarse a lo que ocurre en momentos específicos.
Lo que a mí me ha interesado es entender cómo utilizar esta herramienta en la práctica, pero también cómo conceptualizar diferentes aspectos del concepto. Tal vez en el camino ya no hablo de lenguajes de poder como lo pensaba José Luis, pero es parte de la interpretación y el uso. Por mi cuenta estoy convencido de que hablamos de lo mismo.

Me parece muy interesante la propuesta de disecar los diferentes componentes de los lenguajes de poder, como propone José Luis. Pero lo que a mí me ha interesado hacer es más bien nombrar diferentes partes de la economía de los “lenguajes” (yo he preferido usar “discursos”, con lo que incluyo también, y en primer lugar, objetos y espacios - y su ubicación en el espacio y en relación con personas - además de actos y palabras, a lo que podríamos agregar más cosas).
Tenemos entonces los “lenguajes” por un lado, que serían lo que yo llamo “discursos”, sus “enunciados” y su “información”, si he entendido bien. Para entender la formación discursiva he propuesto hablar de una “economía del poder”, que en primer lugar divide y valora discursos en diferentes espacios. Entonces, un cierto “lenguaje” sería el resultado de estas divisiones y valoraciones, que al mismo tiempo crea la economía del poder. No se trata de una cosa que causa otra. Se trata todavía de un “todo”, pero estamos viendo diferentes “niveles” o aspectos de lo mismo. Quiero entonces ligar la economía del poder con un interés por la formación discursiva en un conjunto de relaciones específicas (y en relaciones individuales específicas).
Yo he propuesto también otra división, retomando los juegos de lenguaje de Wittgenstein. Los juegos de lenguaje, como yo los entiendo, se centran en las reglas del juego. Dentro de estas reglas, pero también cuestionándolas y moviéndolas, podríamos hablar de un campo de fuerza. Prefiero hacer esta separación, que no siguen los conceptos estríctamente de Wittgenstein y Bourdieu, para tener un aparato que me parece más claro para nombrar las partes del todo. Esta disputa se lleva a cabo a través de discursos (o “mensajes”)
Otro aspecto, que José Luis expone, y que me parece útil nombrar, es la diferencia entre forma y apertura. La forma, de acuerdo con Eco es cómo un mensaje cierra sus posibles lecturas. Pero por más que se cierran, siempre existe una apertura del mensaje, posibles lecturas dentro de los marcos. Ahora, se pueden observar usos que deliberadamente se encuentran fuera de los marcos, lo que tiene un interés estudiar dentro de las relaciones en la economía del poder; en mi tesis estoy viendo justamente este tipo de teorías que se disputan para definir un objeto, un mensaje, donde los involucrados que he analizado se mueven fuera de las posibles lecturas de los mensajes (o donde sus mensajes no tienen referentes, lo que es equivalente). Si queremos explicar algo, sin embargo, la idea de forma y apertura nos ayudan a juzgar interpretaciones hechas, y a ofrecer explicaciones más coherentes, dentro de la forma (creada por nosotros mismo como marco teórico).
Implícito en lo que he escrito está una manera de leer estos discursos, que es otra diferencia que he señalado, con lo que podríamos agregar la “semiótica”. No pienso aquí en una semiótica estructuralista, que se interesa por una gramática estable, y fuera del uso (como en la versión de de Saussure). Más bien es en el sentido de Wittgenstein y de Eco, quienes se interesan por el uso práctico, movible, incoherente...
Esta semiótica también se inserta en la economía del poder. Cuando señalo que José Luis no se ha posicionado (relativamente) en esta economía, no se trata de un reclamo moralista del tipo “no ve a las personas”. Tampoco se trata de que yo busque una declaración de una postura fija. Se trata más bien de un realismo mejor hecho, que logra dar cuenta de relaciones importantes. El investigador es parte de lo que investiga, y si no se toma en cuenta, no es muy realista. Pero el realismo también implica recordar que el acto de transmitir (escribir) e recibir (interpretar), en el caso de textos escritos, es una construcción. Ceci n´est pas une pipe, como escribió Magritte para cuestionar el realismo de la pintura – con lo que volvió la suya más realista!
Ubicarse en la investigación entonces no se trata de tener un ego muy grande, ganas de hacer declaraciones políticas sin sentido, o de mantener una línea moralmente defendible. Se trata de un realismo mejor hecho, de centrarse en las discusiones teóricas, y no intentar imitar la realidad para generar, pero también se trata de mover relaciones en la economía del poder. Por eso hablo de la Antropología de Brecht, porque se aparta de la imitación de la realidad como meta del teatro, donde se busca crear “encuentros” sentimentales que llevan a la catarsis, historias contadas desde la posición de la élite, con una idea de una esencia humana. El teatro de Brecht, por el otro lado, se trata de razonar sobre problemas sociales desde la “clase obrera” (en toda su “complejidad”), donde las personas tienen conflictos internos, y “dependen” de su contexto histórico; se trata para Brecht, como para Marx, de transformar el mundo, no solamente de explicarlo desde una postura supuestamente neutra. Pero Brecht no tenía la necesidad de declarar todo esto explícitamente en sus obras – era parte de su manera de construirlas, y de presentarlas, usarlas. Brecht, por el otro lado, tampoco tenía mucho interés en la moralidad, como expresó de una manera elocuente: “Erst kommt das Fressen, dann kommt die Moral”: “Primero a tragar, luego viene la moral”.


Martin Larsson

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