Ayotzinapa como signo

Ayotzinapa nos muestra el estado de fuerzas en México y más allá de las fornteras. Es primero que todo un crimen y una pena. Pero también es un termómetro del momento. Múltiples fuerzas compiten por la dirección de la sociedad, la orientación de nuestras vidas y capacidades productivas hacia diversos esfuerzos, que generan ganancias para distintas organizaciones y personas. En esa competencia están en disputa los bienes y los cuerpos, moldeados por una historia de nacionalismos, etnicismos, desarrollismos, obrerismos y agrarismos del siglo XX, que ahora vemos que se derriten, se desvanecen o de difuminan, a pesar de su apariencia sólida en el siglo pasado. En cambio emergen otras formas de organizar cuerpos y objetos en cadenas de tráfico y manipulación nuevas, de explotación en el sentido clásico; nuevas, pero que se parecen a otras de las que parecía que ya no tendríamos más que memoria en los libros de historia -pero no es así: una combinación de mercenarios, contrabandos, estimulantes y autoridades corruptas, junto con trabajadores "libres" de toda oportunidad buscando donde colocarse o ser colocados, consumidores inconscientes de lo que consumen, al lado de grandes mercados de bienes legales y de servicios autorizados que conforman la parte visible y respetable de la generación y explotación de riqueza. Capitales salvajes y capitales civilizados, instituciones formales e informales, cuerpos con sentimientos de miedo e inseguridad, y cuerpos vulnerables, de los que se dispone para múltiples tráficos, enteros o en partes, de uso continuo y permanente, flexible e itinerante, o de uso y desecho. Todo está combinado y entrelazado de muchas formas. No son varios mundos: es uno solo, con desigualdades enormes en el disfrute de los bienes de la riqueza social y en la seguridad de la propia vida y la dignidad humana. Siempre ha sido así, lo sé. Parece que no hemos aprendido nada entonces. Parece que seguimos en una acumulación originaria permanente, en un cambio de manos de las capacidades de generar ganancias, y en una era de terror que sirve para sostener ese reordenamiento permanente de la riqueza social, a costa de lo que sea.
 

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